El imperio inka

Machu Picchu (Valencia & Gibaja, 1992), de Túpac Yupanqui en Chinchero (Alcina Franch, 1976; Nair, 2003) y de Huayna Cápac en Quisipquanca (Niles, 1999) han revelado lo diversas que eran. No solo reflejan distintos aspectos de su patrón, tanto personales como políticos, sino que también revelan las cuestiones cambiantes del Estado inca a través del tiempo. Estas fincas, concentradas principalmente en los Andes, nos ofrecen una enriquecedora mirada sobre cómo la arquitectura y el paisaje incaico fueron moldeados y manipulados para representar simbólicamente la autoridad incaica, en particular aquella de la élite gobernante. Los incas insertaron su presencia en el paisaje marcando espacios sagrados (por ejemplo, tallando

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