Los habitantes protohistóricos de esta región compartían una lengua franca, si no una lengua materna común, así como tradiciones artísticas, tecnologías de subsistencia y patrones de asentamiento (Athens, 1980, 1992; Borja, 1965[1591], p. 249; Bray, 1991), lo que sugiere una identidad étnica compartida. Las fuentes documentales, sin embargo, indican que la población regional estaba organizada en una serie de unidades políticas semiautónomas del orden de jefaturas de pequeña escala (Salomon, 1986). Entre las más importantes se encuentran los caranqui, cayambe, otavalo y cochasqui. Ha existido a lo largo de los años un considerable debate acerca de cuál de estas políticas, si alguna, fue la más poderosa durante el periodo prehispánico tardío. Espinosa (1983), por ejemplo, sostiene que fue caranqui y señala que fue en su territorio que los incas decidieron levantar sus edificios imperiales (ver Moreno, 1981, p. 158). Larraín (1980, pp. 117-130), por otro lado, considera que cayambe fue primordial debido al aparente rol de liderazgo que su curaca, Nasacoto Puento, tuvo en la organización de la resistencia local contra el inca. Caillavet (2000[1981], p. 40; 2000[1985], pp. 165-166) afirma que el grupo de otavalo fue dominante en la región debido a su asociación con el importante lago San Pablo y al hecho de que su curaca (Otavalango) pudo haber sido el gobernador que el inca nombró al comienzo de la época colonial. Esta diversidad de opiniones refleja probablemente la naturaleza heterárquica de la organización política regional, donde el poder se ejercía en distintas dimensiones, lo que resultaba en la superposición de formas de autoridad y control (Bray, 2008). Una de las características más remarcables del paisaje cultural de esta región son los enormes montículos de tierra conocidos localmente como tolas (figura 22.2). La distribución de estas características es colindante con el territorio caranqui y su área de influencia. Fotografías aéreas lograron identificar cerca de 100 montículos en las provincias de Imbabura y el norte de Pichincha (Gondard & López, 1983), si bien solo aproximadamente 70 de estos llegaron a ser verificados en el terreno (Athens, 1980, 1992; Osborn & Athens, 1974; Bray, 1991), mientras que muchos otros fueron destruidos desde aquel entonces. La mayoría de montículos fueron descubiertos en un radio de 20 kilómetros circundante del monte Imbabura, entre los pueblos modernos de Ibarra y Otavalo, a una elevación de entre 2200 y 3000 metros sobre el nivel del mar, en la zona óptima para el cultivo del maíz, como han notado Gondard y López (1983, p. 103). Si bien el número varía entre cada sitio, desde uno o dos 815
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