El imperio inka

LA PROBLEMÁTICA CRONOLOGÍA DE LA EXPANSIÓN INCA Desde la década de 1920, una de las cuestiones fundamentales en el campo de los estudios incaicos ha sido el de la fecha de inicio de la expansión inca y su rápida expansión a la región andina. Al principio, Philip A. Means (1931, pp. 222-283) favoreció la idea de que la conquista había sido gradual desde el segundo inca (Sinchi Roca) en adelante. En la década de 1940, sin embargo, John H. Rowe (1945; 1946, pp. 265-284) sostuvo en cambio que esta fue veloz y, de hecho, iniciada por el llamado noveno inca, Pachacútec. Si bien la cronología más comúnmente aceptada hoy en día es la que fue propuesta por Rowe, algunos han presentado dudas sobre su exactitud (Covey, 2003; Hiltunen, 1999). Åke Wedin (1963, pp. 36-63), entre otros, ha argumentado que las crónicas contienen múltiples contradicciones, como también lo hace la información local que alimentó la cronología de la conquista incaica. Se afirma, por ejemplo, que los mismos lugares fueron subyugados por distintos gobernantes inca. Aun así, las diferentes narrativas de la conquista no son necesariamente contradictorias, pues, como notó John V. Murra (1986, p. 52), la acelerada expansión, rebeliones y reconquistas pueden haber sido fases del mismo proceso. Esto, de hecho, es exactamente lo que un informante local comunicó a los españoles en Chachapoya (Chinchaysuyu en el norte del Perú, ver capítulo por Schjellerup) en 1574, mientras explicaba cómo había logrado Atahualpa conquistar la región «aunque estaban ya conquistados por Cuaynacapa, su padre, e por Topa Yupangui, su abuelo» (Vizcarra, 1967[1574], p. 305). En general, parece ser que cada nuevo inca debía confirmar su autoridad política frente a los líderes provinciales para prevenir futuras rebeliones. Esto también evidencia que las provincias del Estado incaico no fueron anexadas voluntariamente al Tahuantinsuyo, sino que los vínculos entre las provincias y Cuzco se construyeron a nivel personal. Cuando los incas subyugaban una provincia (usualmente un antiguo curacazgo), sus líderes se debían al gobernante, no al Estado. Este vínculo personal se fortalecía tanto gracias a valiosos regalos como por relaciones de parentesco: el inca ofrecía a sus hermanas, hijas u otros parientes femeninos cercanos a los líderes provinciales como esposas, o tomaba a las hijas o hermanas de los líderes provincianos como esposas secundarias. De esta forma, la organización de parentesco de los incas estaba fuertemente interconectada con la organización política del Estado (Pärssinen, 1992, p. 72). 615

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