conquista (Nielsen, 2001). Aunque parte de esta producción pueda haberse consumido localmente —por ejemplo, en las labores mineras cercanas (Ventura & Albeck, 2016)— es probable que gran parte de sus excedentes estuvieran destinados a abastecer no solo los tampus de la Puna, sino también otras operaciones extractivas en el altiplano o más allá. Ciertamente, distancias similares y terrenos igualmente accidentados eran regularmente transitados por las caravanas etnográficamente documentadas hasta fines del siglo XX. Desde esta perspectiva cobran relevancia los indicios de explotaciones ganaderas del Estado en la cuenca de Pozuelos (100 km al oeste), los numerosos sitios con arte rupestre tardío centrado en temas pastoriles-caravaneros en el sector oriental de la Puna, las antiguas vías que comunican este sector con los valles altos donde se ubican los campos y las áreas de pastoreo asociadas a ellos (como Cerro Negro en Coctaca [Adris, 2011]). LLAMAS Y ALPACAS EN LA VIDA RELIGIOSA En el mundo andino prehispánico los camélidos no eran solo ganado; se consideraban personas y, en tal sentido, miembros de la sociedad. Entre los pastores, las llamas formaban parte de la unidad doméstica (Matos, 1994, p. 240). El inca cantaba con su «llama roja» en ciertas fiestas (figura 16.12) y andaba en compañía de una napa (llama blanca) a quien vestía con aros de oro y camiseta roja (Murra, 1978). Los camélidos se registraban inmediatamente a continuación de hombres y mujeres en los quipus, «como formando con la gente una macrocategoría de «seres vivientes»» (Murra, 1983, p. 81). Esta relación especial entre humanos y camélidos se mantiene entre los pastores actuales, quienes ornamentan sus animales, les dan nombres propios y les hablan con el afecto que merece cualquier otro miembro de la familia. 595
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