como un asunto que merecía considerable atención e inversión de mano de obra. Varios motivos evidentes explican este interés. Las superficies adecuadas para la agricultura no abundan en el agreste terreno andino, donde la capa superficial del suelo es pobre o delgada. Los andenes solucionan ambos problemas. Además, sirven como un disipador de calor y retienen la humedad, aliviando el efecto del frío nocturno en las montañas. Earls y Cervantes (capítulo 8) proveen detallada evidencia empírica para sostener esta afirmación. En Ollantaytambo, Protzen (1993) reportó que la temperatura ambiente de los andenes era 3 grados centígrados más alta que la de las superficies adyacentes que carecían de terrazas. Esto implica que se pueden cultivar alimentos que normalmente crecen en una altura de hasta 600 metros menos. No es de extrañar, por eso, que las fincas en el Valle Sagrado (Vilcanota o Urubamba, al este y norte de Cuzco) pudieran cultivar maníes y otros cultivos de climas más cálidos que usualmente se encuentran al otro lado de las montañas. A pesar del trabajo involucrado y de los a veces espectaculares resultados, no deberíamos sobreestimar la importancia de la andenería formal. Kendall y sus colegas descubrieron en la zona de Cusicacha, por ejemplo, que la andenería informal y las terrazas construidas mediante una especie de berma detrás de la cual se acumulaba la tierra a lo largo del tiempo, cubrían más superficie terrestre que los andenes de piedra, que demandaban mayor cantidad de mano de obra intensiva y eran emblemáticos de las fincas reales. Un logro de importancia comparable al éxito de la ingeniería de los andenes y la construcción de canales (por ejemplo, Wright y otros, 2000, 2006) fue el valor social e ideológico de las tierras mejoradas. Las tierras reales, ya sea en el valle del Vilcanota o distribuidas a lo largo del imperio, exhibían una serie de características arquitectónicas (tales como escalinatas en las caras de los andenes; fuentes de canales duales) que revelan que la andenería fue la impronta cultural que los incas dejaron sobre la tierra. Los incas tenían una relación bastante complicada con su entorno (ver capítulos 8, 10 y 12 por Earls y Cervantes, Cummins, y Nair y Protzen, respectivamente). Lo consideraban hogar de seres y ancestros, con los que era necesario mantener relaciones amicales y cercanas; los puntos específicos del terreno alrededor de Cuzco eran nombrados en términos de parentesco y partes del cuerpo (van de Guchte, 1999). El conjunto de santuarios que rodea al Cusco —duplicado de forma similar por cientos de otras sociedades andinas— representaba un mapa 218
RkJQdWJsaXNoZXIy MjgwMjMx