carácter que el gobierno americano no pudo aceptarlas como bases racionales para ofrecer sus buenos oficios, pues no podía inducir a las repúblicas aliadas a someterse a ellas; Chile no las modificaba y no aceptaba los buenos oficios ofrecidos, sino para que ellas fueran impuestas; y no habiendo por esto acuerdo entre los beligerantes, el gobierno de los Estados Unidos había desistido de toda acción, se había retirado por completo, dejando a las Repúblicas contendientes en libertad para hacer los arreglos que tengan a bien. Según eso, le pregunté entonces, nada tenemos que esperar del gobierno americano; nada por el momento, me contestó; pero no puedo prever si el desarrollo de los acontecimientos determine una nueva acción de parte de mi gobierno, siendo necesario para ello que el Congreso lo resuelva y establezca. A este último respecto, la opinión particular del señor Partridge es que el Congreso Americano, en sus actuales sesiones, que terminan a principios de julio próximo, no tratará de la cuestión, y que no hay antecedente para creer que trate de ella en las sesiones que principian en diciembre. Le hablé sobre la necesidad en que tal vez nos veríamos de acudir a la acción de las potencias europeas, ya que los Estados Unidos desistían de la suya. Me repuso que su gobierno no se opondría a eso, que a lo que se opondría sería a la acción europea ejercida en los Estados Americanos para cambiar su régimen político, como sucedió en México; pero no a la que, consentida y aceptada por las partes, poner [sic] término a una contienda como la actual. Le repliqué que las instrucciones dadas por Mr. Blaine a los ministros americanos en Santiago y Lima contenían sobre ese particular exclusiones más rigurosas; a lo cual me contestó efectivamente que era así; pero que debíamos tener en cuenta que ya Mr. Blaine no era secretario de Estado, y que su política exterior era rechazada por la opinión de los Estados Unidos, porque lanzaba al país en sendas desconocidas, que podían ser peligrosas. Estas son, en resumen, las declaraciones y opiniones del señor Partridge. La estrechez del tiempo no me permite extenderme más sobre ellas; pero lo que he dicho hasta aquí, y que es lo esencial, es suficiente para comprender la gravedad de nuestra situación, privados como debemos considerarnos de ese poderoso auxilio exterior, en que la generalidad había cifrado tan consoladoras esperanzas. Dígnese V. S. poner este oficio en conocimiento de Su Excelencia el 364
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