El Estado en la sombra

Mr. Frelinghysen [sic] creyó conveniente su inmediata venida. Conversando sobre este tema le pregunté si tenía conocimiento del despacho que Mr. Trescot dirigió al ministro de Relaciones Exteriores de Chile, indicándole la necesidad que había, para entrar en negociaciones de paz, de que el gobierno de esa República reconociese al de Su Excelencia el General Montero, y habiéndome contestado negativamente, le di cuenta de él, así como de la conferencia que el señor Trescot tuvo con el señor Novoa, en la que este le expuso la determinación de su gobierno de no reconocer al del Perú, mientras no se aceptasen por el General Montero las consabidas condiciones de paz. El señor Partridge juzgó en términos severos semejante proceder, incomprensible para él, según él mismo lo expresó; y habiéndole preguntado cuál sería la conducta de su gobierno en vista de la tenaz resistencia que el de Chile ha opuesto a todas las tentativas y demandas hechas por el Plenipotenciario que el gobierno americano había enviado a estas Repúblicas, con la única y especial misión de restablecer la paz entre ellas en condiciones que consultase la honra, los intereses y hasta las susceptibilidades de todas; me dijo que no podía suponer cuáles serían los procedimientos futuros de su gobierno, y que tal vez se le dirá algo sobre el particular en las comunicaciones que debe recibir por el correo que salió de Nueva York el 10 del presente. Como no creí prudente ni discreto de mi parte llevar muy lejos mis averiguaciones en esa primera entrevista, que tenía por principal objeto cumplir, en nombre del gobierno, un deber de urbanidad y etiqueta, no salí de ciertas generalidades, reservándome para tener después una conferencia formal, en la que solicitaría del señor ministro, para trasmitirla a V. S., las declaraciones que no tuviese inconveniente para hacerme respecto a la política que el gobierno americano ha resuelto seguir en la cuestión del Pacífico. No dejé, sin embargo, de exponerle la situación que había creado en las Repúblicas aliadas la esperanza producida en ellas por la política iniciada anteriormente por ese mismo gobierno, declarada por Mr. Blaine en diferentes documentos, secundada energéticamente en Lima por el General Hurlbut, y en la cual la opinión de ambos países vio un apoyo seguro y eficaz para oponerse a las exageradas pretensiones de Chile; agregando que la profunda confianza producida en ellos de que los Estados Unidos se opondrían con todo el poder de su autoridad y de su prestigio a la desmembración de sus territorios, había arraigado de tal suerte la opinión de que en ningún caso debe consentirse en esa temeraria exigencia de 362

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