El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 73 - fué que recibí mi h riela. Re uerdo olamente qut'. habiendo querido dar ejemplo de valor á mis solda– dos, me encaramé n un muro, sin prev r q11e asl · <i_uedaba de blanco de las balas enemigas. En los campo- de batalla, la muert llega en el mo– mento menos pens::ulo: muchas veces es una am1g<1 que viene á librarnos de horribles angustias. Cuando volví en mí, me encontraba en un cuarto de poco más d cinco metros uadrados, donde ya– cían diez soldados heridos, cuyas fisonomías eran á cuál más angustiadas; estaban con los vestidos des– trozados, las camisas manchadas de sangre, y sus lú– gubres ayes, confundíanse en un solo y largo gemido. La sangre, formando caprichosos dibujos con sus grandes coágulos, corría en el suelo, simulando una carta geográfica en sus largos culebreos . Yo me sentía casi asfisiado, respirando aquella at– mósfera saturada del olor acre de la sangre, recar– gada con las emanaciones de aquellos cuerpos, sudo– rosos y desaseados como estaban los revolucionarios. Tan pronto como pude disponer de mi persona, pedí y alcancé, el ser trasportado á Lima, donde los mios, debían prestarme sus importantes servicios. Qué largas y crueles fueron en Lima mis horas de enfermedad. ¡ Las curaciones! ... ¡ ah! para qué entrar en esos detalles, que aunque terribles, han sido ya olvidados! El dolor físico pasa, deja quizá una cica– triz en el cuerpo; pero el olvido la cubre y no vol– vemos á pensar en él. Solo e] dolor moral, deja cicatrices que eternamente sangran y eternamente LO
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