El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 1 59 - - Pero, es que yo tenía evidencia de que era viuda• -¡ Hem ! así son las evidencias de los que no se 'Ocupan en conocer la vida de las gentes como yo, que la conozco aquí ...... aquí.. .... Y Ernesto movía los dedos de su mano, como para manifestar que las conocía al dedillo. Después de una pausa agregó :-Y para gobierno de merodeadores en ajeno huerto, debo decir que su corazón es fortaleza que ningún asaltante ha forzado. ¡Vaya! como que es una virtud que está füera de duda. En ese momento reflexioné que debía de hallarme en presencia de alguna reputación incólume para que mi amigo, cuya fama de maldiciente tenía bién ga– nada, se expresara de esta suerte. -Maldita la gracia que me hacen á mí estas mu– jeres honradas, que alardean su virtud, con más vanidad que un candidato de sus méritos-dijo Er– nesto. - P ero y entónces, ¿por qué yo la tenía por viuda? álguien debió habérmelo dicho así. - No es del todo absurda esa creencia. Es el caso que la señorita Olivas, contrajo matrimonio con uno de esos aventureros que desde la vieja Europa vie– nen dándose el título de nobles en pos de una dote; y después de llevarse la dote con la mujer, aban– donan á ésta y se aprovechan de la otra. ¡Bah ! Cuándo se convencerán que los nobles que aquí vienen son nobles hechizos de choleta y percalin! -¡Ah! esta es la mujer del conde francés? ..... .
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