El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social

-- !2 - velara haber alguna vez olvidado los sagrados votos pronunciados. Jamás consintió él, en decir una misa después de las ocho, por ser esta la hora de su desayuno, y él no era hombre de decir misa despues de haber comido. Hombre sano, tranquilo, de constitución linfática y carácter apático, facilmente se doblegó á las ii:npo– siciones de su ministerio, sin hacerles más que, modi– ficaciones poco sustanciales, como las que hacemos en un traje cortado en molde ó patrón, que nonos vie– ne del todo bién. Mi tía, la que quiso reemplazar á mi madre en los c 1 1idados de la niñéz, era viuda de un famoso coronel que, en las tumultuosas épocas que siguieron á la In– dependencia, figuró por su infatigable tesón revolucio– nario. Su hermano, mi tío y padrino, había llegado á ser uno de esos políticos platónicos, si así puede decirse, á la manera de politiquear que algunos manifiestan, cuando ya los años y las impotencias, físicas y morales no les permiten hacer otra cosa. Por lo demás era hom– bre tranquilo sin ambiciones, de gustos sibaríticos que le llevaron á no tener otra preocupación, que la de co– mer bien, dormirtranquilamenteydarseregalada vida. -A bien que yo no necesito de la política para 111.edrar-solía decir, dándose palmaditas en el abdó– men, despues de haber, según costumbre, dádole$ furiosa tunda desde el presidente y los ministros pa– ra bajo, en largas tiradas referentes al comento de tal ó cual decreto ó disposición gubernativa. Mi tio, era hombre amable, de esos que gastan atina-

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