El conspirador, autobiografía de un hombre público : novela político social
- 128 - resuena tan deliciosamente en nuestros oidos, porque es la expresión del entusiasmo-ci~rto ó fingido , -que en esos casos lo mismo dá-de nuestros parti– darios; cuando nos hallamos adulados, admirados, perseguidos por grupos de hombres, todos ansiosos de acercársenos, de hablarnos y estrechar nuestra mano, y solicitar una sonrisa, una mirada, una pala– bra cualquiera, que le deja satisfecho y feliz, ó triste y desesperado, según sea el sentido de ella, á aquel á quien la dirigimos. La vanidad, esa hidrópica que jamás se satisface} nos dice entónces de continuo al oído: - aún quiero ,nás, y miéntras la satisfacemos, sentimos ese goce, si no superior á todos, cuando ménos tan íntimo y delicioso, como el que más. Entónces, ya no nos parecen nauseabundos los bahos del obrero desaceado y sudoroso, ni el tufo alcoholizado del borracho grosero y petulante; y n j todas las exigencias de los traficantes y expeculado– res, que no son pocos, ni todas las groserías de los patanes que no son ménos, agotan nuestra paciencia, con tal que todos esos hombres sean, mia cifra que podemos agregar para completar el número que ne– cesitamos. Los candidatos hemos establecido en Lima la cos– t umbre de las « exhibiciones del partido.» Vano es decir que esas pomposas exhibiciones, no on más que farsas ridículas, que tan solo sirven para pervertir al pueblo, dándole la medida de la pequenez y miseria de su candidato; pues que es el pueblo el principal actor de esas patrañas, conque se pret end e::> engrand ecer á alguna bi én pobre fi gura política .
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