Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú
su orden, el de 1550-1551 sobre Huamachuco, por ejemplo (Riva Agüero, 1965, p. 223; Wedin, 1966, p. 85), pero hasta el momento parece válida la afirmación de Riva Agüero en el sentido de que sus páginas costeñas sobre religión son notables. Justamente, Cieza y Betanzos son la versión cusqueña, tanto o más que Garcilaso de la Vega. En todo caso, Calancha exige una reevaluación seria basada en sus fuentes y en la comparación de los resultados de su estudio con los conocimientos hoy al alcance. A fin de cuentas, Calancha es ya un cronista esencialmente urbano; pertenece a una época en la cual lo importante no era ya dar noticias de los incas, sino sobre todo destacar la obra evangelizadora de las órdenes religiosas, en medio de una polémica con el clero secular, inscrita sin duda en una perspectiva delimitada por esquemas religiosos que atribuían un papel cuasi mesiánico a la actitud de los evangelizadores. 9 Hace años viene reevaluándose el estudio de las tradiciones orales, tanto desde la perspectiva del análisis de los mitos (Eliade, 1974, por ejemplo), como también desde los resultados
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