Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

injusto por provenir de una imposición violenta como la que el mismo Sarmiento relató y que hoy nadie discute, la conquista española podía rodearse de un aura justificatoria buscada por la administración colonial metropolitana y local, durante y después de las Casas. 2 Means (1928) precisó esta división en escuelas clasificando a los cronistas no solo sobre la base de la adhesión a Sarmiento de Gamboa o a Garcilaso de la Vega, sino pensando fundamentalmente en que el primero aparecía como el defensor de una política burocrática y anti-indigenista que se inició con el virrey Francisco de Toledo. En los primeros años de este siglo se anunciaba la continuación de la polémica en torno al Inca Garcilaso, en las discusiones entre Riva Agüero y González de la Rosa (Revista Histórica, 3 y 4, Lima, 1908-1911). La división de los cronistas entre garcilacistas y toledanos fue criticada inicialmente por Rowe (1970) y después por otros autores, especialmente por Wedin (1963 y 1966). Continuando una clasificación de los cronistas, Baudin (1965) y Porras (en diferentes trabajos) intentaron proporcionar un esquema para relacionar a los cronistas y sus obras en una jerarquía que permitiera su mejor utilización. Porras distinguió inicialmente a los cronistas del descubrimiento y de la conquista (los dos momentos de la conquista del Perú), los «reales o españoles, que escribieron fuera del Perú», los «cronistas mestizos e indios de fines del siglo XVI y principios del siglo XVII» (1933, pp. 294-295), modificada posteriormente —cronistas del descubrimiento, de la conquista, de las guerras civiles y del incario, divididos estos en toledanos y post-toledanos— (1986, pp. 19-20), con lo cual continuó un razonamiento sobre las crónicas que incluyó otros trabajos (1950, por ejemplo). Pero el problema de casi todas las clasificaciones ensayadas (incluso la diferenciación por profesiones, propuesta por Baudin) está en su dificultad real para encasillar a los autores, que resbalan fácilmente de uno a otro compartimiento, sin lograr distinguir lo que en buena cuenta importa, que es la calidad de la información de las crónicas (ver notas 3 y 4, más adelante). 3 Ver los estudios de Araníbar (1963), Wedin (1966) y Lohmann (1966), quienes coincidieron en examinar los préstamos e influencias de diferentes cronistas; también Pease (1973, I). 4 Wedin (1963 y 1966) ha insistido en este punto. Sin embargo, cabría disentir sobre si la «cercanía» temporal a una memoria oral cuya recolección adoleció de serios defectos —y acaso fue en ocasiones imposible— puede ser definitiva para evaluar a los cronistas de los Andes. 5 La nueva fecha, 1557, se origina en el nuevo manuscrito de Palma de Mallorca (Betanzos, 1924). 6 Murúa fue cura de Capachica y Aimaraes (Murúa, 1946, p. 117, por ejemplo), también de Yanaoca, como recuerda Guaman Poma (1936, p. 648), que trató duramente como ejemplo negativo de la evangelización. Es importante revisar el estudio de Mendizábal (1963), que compara los manuscritos de Loyola y Wellington (hoy en la Biblioteca Getty, Los Angeles), empleados en diferentes ediciones del cronista, y sugiere interesantes relaciones entre este y Guaman Poma. Sobre la vida del P. Cobo en el altiplano hay abundante información (Porras, 1986, p. 405; Santisteban, 1946, p. 165). Wedin (1966, pp. 92 y ss.) llamó la atención sobre la importancia que otorgaba Cobo a las averiguaciones personales. 7 Araníbar (1967, p. XVI) añade los nombres de otros informantes. Véase también 197

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