Del Tahuantinsuyo a la historia del Perú

colección general, 414 manuscritos de la valiosa biblioteca que legó el historiador Raúl Porras Barrenechea y 32 volúmenes considerados joyas bibliográficas»110. Franklin, alumno tardío del doctor Porras, como historiador también incluía «el manejo simultáneo de diferentes sistemas de aproximación al estudio de una realidad social», para entender la manera andina de recordar así como la forma en que sus contenidos no occidentales fueron redactaron por los cronistas para su publicación en España. Por lo ahora debo referir que en 1977, se escribía: Qhepan es el futuro, es lo que hay detrás, viene de qhepa, lo de atrás, la espalda. Y ñaupapaq es el pasado, lo que está a la vista, viene de ñawi, los ojos. Entonces el pasado es lo que está a la vista, lo desvelado. El futuro es lo que está por desvelarse. Pues sí parece que esta paradójica postura es parte de la mentalidad, y por eso el peso del pasado para entender lo que está por venir. El pasado de alguna manera es nuestro futuro. No sé si es que el futuro puede ser distinto, en eso casi no entramos, pero la fuerza de lo que es costumbre está encerrada en esta paradoja. Por supuesto explica en parte la importancia de que los distintos ritos se hagan como deben ser hechos (García García, 2004, p. 55). El capítulo 2, que Franklin incluyó en 1989 para actualizar su texto inicial de 1978, comienza diciendo que: «Los últimos años han visto discurrir nuevas perspectivas para la comprensión del Tahuantinsuyo»; por eso, es oportuno decir aquí que en las pruebas de página de la tercera edición de este libro, con sus correcciones, que son parte de su archivo, se comprueba que en mayo de 1999 había optado por la ortografía castellana de las palabras de origen quechua, ya que reflejan mejor la raigambre hispano andina de la historia del Perú. En cumplimiento de esta decisión suya me asesoró generosamente el lingüista doctor Rodolfo CerrónPalomino, profesor de la PUCP, quien conversó largamente con él sobre este tema, como explico en el prólogo a la edición de 2001 —y que ahora incorporo a este epílogo—, donde también preciso que esta publicación incluía sucintas ampliaciones que Franklin le había hecho a la segunda edición de 1989, que a su vez se basaba en la primera edición de 1978 publicada por el Instituto de Estudios Andinos (IEP). El compromiso de Franklin con el cuidado de los archivos peruanos que guardaban los manuscritos coloniales para demostrar que la vida andina no quedó cancelada con la toma del Cusco por Francisco Pizarro, me ha llevado después de su fallecimiento, y con la finalidad de preservar su legado documental, a hacer mía su terca decisión de no tolerar la 166

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