andino volvió rápidamente al olvido cuando no al desprecio, mientras las ciudades de la costa, que miraban hacia Europa y vivían de ella, intentaban reconstruir una vida y una economía «nacionales», nuevamente de signo portuario y aduanero, dependiente del comercio exterior generalizado. La inestabilidad política de los primeros cincuenta años de la República es coincidente con el nuevo distanciamiento entre los medios criollos y urbanos, creadores de un estado republicano más «débil» que el colonial, y el resto del país rural andino. En esos momentos se hizo notoria una preeminencia singular de la «gente de sierra» en la vida política del estado, cuando los hombres que lo dirigieron fueron La Mar, Gamarra, Santa Cruz, San Román, cuando las luchas por el poder se encarnaron en estos y otros hombres que cruzaron el Perú en sucesivos «pronunciamientos» (cuyo nombre mismo refleja su verbal superficialidad ideológica) que reflejaban actitudes oportunas y no ideologías u opiniones encontradas, motivando constantes de cuasi guerras civiles que asolaron la iniciación de la República. Sin embargo, esta situación no significó en realidad una intervención de la población andina en el proceso del estado occidentalizado que iniciaba tan azarosamente su vida pública. La sierra gravitó cada vez menos en la economía y en la vida oficial, hasta que una vez restablecido el tributo antiguo, las cosas volvieron a ser como antes habían sido. 159
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