Richard Cacchione Amendola / César Corcuera García (editores) XXXVIII Eduardo Jibaja y Guillermo Carnero Hoke. El número fue dedicado al doctor José Jiménez Borja, catedrático de la Facultad de Letras de esta Universidad y vio la luz en la antigua imprenta de Bustamante y Ballivián, de tan rica tradición y en presencia todavía de uno de los más exquisitos poetas peruanos, don José María Eguren, quien gastaba sus últimos años entre la juventud. «Un esfuerzo más por el impulso hacia una mejor posición de nuestra literatura. Esfuerzo joven con fe de conquista. A pesar de las pocas posibilidades del medio, de la incomprensión, de los intereses, estas páginas son la voz de una generación, voz sin arrugas ni canas. Estos poetas se han cortado las manos y las rodillas: así no suplican nada ni se arrodillan ante nadie. Fuertes en su juventud, puros en su interés, dignos en su verdad, rectos en su actitud, saben dónde está el hombre y dónde el poeta. La mayoría poetas florales, tienen un timbre: la angustia, y una raíz: el pueblo. Tal vez se les escuche cuando todos hayan muerto. Habrá que exhumar más huesos (Cuadernos Trimestrales de Poesía, N° 1, Lima)», tales las palabras de advertencia inicial. Documento de hermanos, el segundo número, decía en su prólogo: «ya os he dicho que vamos juntos, hermanos, y a cada paso que damos para que no podáis borrarlo y lo encuentren los que vienen atrás, dejamos una gota de sangre (Cuadernos Trimestrales de Poesía, N° 2, Lima)». Serafín del Mar, en el No. Quinto: Ingreso al valor expresaba: «Y ahora que nuevamente he tocado el alma del pueblo, afirmo que no hay hombre más bueno que el poeta. Y si él está a la altura de la sangre que nos llama desde la noche, no habrá mundo tan “ancho y ajeno”. Un mundo en el que el canto nos redima de la crueldad de los hombres (Cuadernos Trimestrales de Poesía, N° 5, Lima)». Cuatro números más y la publicación desapareció como tantas otras en nuestro medio. Fue preciso que transcurrieran diez años para que Cuadernos viviera su segunda época, esta vez recibiendo la luz en Trujillo, ciudad rectora del pensamiento norteño. Los que la fundamos habíamos egresado, en su mayoría, de la Universidad Nacional de Trujillo, claustro donde florecieron otros movimientos literarios de tal ilustre tradición como el Grupo Norte. César Abraham Vallejo, el poeta peruano más grande de todos los tiempos, había dejado viva la presencia de su paso por Trujillo y estábamos en la
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