Cuadernos trimestrales de poesía Tomo II

Richard Cacchione Amendola / César Corcuera García (editores) L La armonía que hay en la naturaleza es asombrosa, ordenada hasta el milímetro, pero el hombre pretende alterarla, contaminando los ríos, los océanos, la atmósfera. Quiere limitar el espacio de la flor, quitarle el ala al pájaro, la inocente irracionalidad al rinoceronte. ¿A dónde iremos? Estamos al borde de la destrucción total, amenazados por las armas químicas que destruirán el planeta llamado Tierra. ¿Quién mueve a este genio del mal, cuya irracionalidad no la entiende nadie? ¿Es posible tirar un dado desaprensivamente para decidir el destino de la humanidad? Estas y otras evocaciones vienen a mi memoria en la soledad. ¿Pero qué es un hombre solo contra el mundo? Necesitamos que la humanidad entera rodee el cadáver y le pida que se levante. Que un movimiento universal pida la paz entre nosotros. ¿Qué podrá existir que nos inmovilice, un gobernante, dos, diez mil? Tiene al fin que imponerse la razón. «Jamás, señor ministro de salud, fue la salud más mortal». Después de dos semanas de internamiento en un hospital se pueden apreciar las lacras y las virtudes que tenemos; hacer un examen de las cosas en forma desapasionada. Cuando se han gastado ya los mejores días de la vida y las cosas aparecen en su verdadero plano, cuando hay una constante que pasa sobre el hombro y todo lo disminuye; cuando nos hemos rebajado hasta menos de la mitad del hombre, como decía Vallejo; las cosas, repito, tienen otra naturaleza, se las ve con el cristal con que se mira la miseria del hombre. ¿Qué hemos hecho? Nada, nada. Apenas hemos vivido o tratado de vivir entre tanta miseria, tanta ambición, tanta injusticia. La profesión de abogado nos da la oportunidad de hacer ¡Justicia! ¡Qué absurdo! ¿Dónde está la justicia? ¿Quién la ha visto alguna vez? ¿Dónde? ¿En qué lugar? En los tribunales, no. Sin embargo, hay gente buena todavía. Jueces honrados que permanecen postergados porque no comulgan con la hostia de la deshonestidad como los demás. Creo que el único terreno rescatable es el de la creación artística, pero desgraciadamente somos tan insignificantes, tan pequeños, no alcanzamos la publicidad ni hacemos el autobombo de los llamados «consagrados»,

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