Cuadernos trimestrales de poesía Tomo II

Cuadernos Trimestrales de Poesía - Cuadernos Semestrales de Cuento XLIX Decía algo que conviene repetir: la pequeñez, la insignificancia del ser humano, y sin embargo su vanidad a flor de día. ¿Qué seremos, Señor, después? ¿Quién se acordará de nosotros? «Heno que pisotean las bestias en la trilla, hojas secas batidas por el viento, barro que el agua va dejando en estrías». Por todo eso no cesamos de admirar a los grandes poetas que han escrito bellamente sobre esta pequeñez del hombre. Manrique, en las coplas a la muerte de su padre, el Maestre Don Rodrigo; Calderón de la Barca en La vida es sueño; Emilio Prados, tal vez el más grande escrutador del alma en sencillos romances que alcanzan una dimensión increíble. Es de ver cómo las palabras, breves signos gráficos, pueden expresar tanto en compañía de las pausas y los silencios que interpretan el alma humana. ¡Vallejo, ah, Vallejo! No creo que haya otro, por lo menos hasta este siglo que se acaba. No se sabe si su entrega, que es total, representa a toda la humanidad. Posiblemente hable al hombre por la boca del hombre, como decía Machado. Su habla comprende a todos porque todos sufrimos el mismo dolor que sufre César Vallejo por la humanidad. Si los poetas son pequeños dioses, según Huidobro, y si son los espías de Dios en la tierra como dijo alguien, Vallejo debió venir con algunas de las atribuciones con que vino Cristo a la tierra, para expresar y no solo para sentir. ¿Qué ríos calmarán la sed de Vallejo o la misma sed que sintió Cristo en la cruz? ¿Qué actitudes calmarán sus clamores de justicia? ¿Qué cambio, al fin, modificará el status de este mundo para que el hombre sea un hombre? ¿Por qué se permitió un canto tan desgarrador que descubre las lacras de la sociedad, en una cantidad tan comprimida, como si fuera un perfume? «¿Para sólo morir, tenemos que morir a cada instante?», dijo en uno de sus poemas. Está bien el dolor físico, pero en dosis soportables; está bien la miseria humana espiritual, pero en cantidades suficientes para que nos hagan recordar nuestra inútil materia; pero no todo de golpe, de porrazo, hasta borrar la existencia. ¿Qué justificación existe, Señor, para que el hombre se destruya a sí mismo sin piedad, para que destruya el medio que lo rodea inmisericordemente? Alguien debe regular esto ya, en seguida, rápidamente, para que mañana no sea tarde.

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