Richard Cacchione Amendola / César Corcuera García (editores) XLII Mi preocupación, aunque tal vez sin fundamento, es que mis hijos se lleven en armonía y no discutan por nimiedades. Todos tienen sólida formación moral e intelectual y sería penoso –creo que desde donde esté me rebelaría contra mi suerte– comprobar que todo lo andado quedó sin efecto. No dejo mucho, pero seguramente dejo algo: lo primero, mi nombre, que no debe ser mancillado por nada ni por nadie. Tengo la firme convicción de que durante mi paso por este mundo –«este valle de lágrimas, a donde yo nunca dije que me trajeran», Vallejo– he procedido bien, no hice mal deliberado a nadie ni me aproveché de lo ajeno. Di cuanto pude, al extremo que mi profesión sólo me permitió vivir como cualquiera. Si esto es observado por mis hijos, y lo será, estaré feliz: el nombre ante todo lo llevarán con verdadero orgullo. Sobre intereses, me agradaría que se distribuyan armoniosamente y con equidad lo que pueda dejar: Cachil, el fundo Contumacino que tanto me costó recuperar de la garra de los bribones, después de su afectación por Reforma Agraria, donde lo valorizaron en S/. 200,000.00, lo que ahora vale un cigarro. Cachil, en caso Celia García, esposa de Marco Antonio Corcuera, rodeada de los nietos.
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