Cuadernos Trimestrales de Poesía - Cuadernos Semestrales de Cuento XXXV interesante eran las jaulas de los tordos, chiscos y zorzales. Ellos, en contrapunto, cantaban y cantaban. Los duelos eran sostenidos, sobre todo cuando la abuela les llevaba migas de pan empapadas en leche, y al que hacía de director de orquesta le daba en el pico; «canta tordito, que hay visita», le decía; y el negrito encrespaba las plumas de su cuello, levantaba el pico al cielo y emitía un dulce y sonoro canto que los demás contestaban al unísono. Así sucedía con los chiscos y los zorzales, y nunca se sabía cuál era mejor, aunque la elegancia de los tordos era notable. Parecía que alababan la majestad de Dios con la dulzura de sus cantos. Tras de la casa pasaba una acequia grande donde estaban los patos, las gallinas y los pavos. Las gallinas no cesaban de escarbar los bordes de la acequia, buscando gusanitos para sus polluelos. El ganado grande estaba en los potreros igual que el lanar, asnar y caballar. Decíamos que en El Salario éramos una familia. El compadre Manuel, el Conce, vivían muy cerca y eran los que se ocupaban de las labores urgentes. En Lanchicot, fuera del fundo, vivían el Furto, el ñato Andrés; en la parte alta, el Julio Miranda, el Artidoro; y las mujeres, la Carmen, la Domitila, la Juana y los hijos de esta, los del compadre Manuel: Domitila, la Rosa y el Vicente, contemporáneo mío, y de quien me acuerdo en un poema que figura en mi libro Semilla en el paisaje: El Cholito Vicente se fue un Domingo de Ramos, el compadre Manuel, lo llevaba en las manos. Me refiero a su muerte prematura. Los demás hijos son el Vicente, el Segundo y algún otro más que se me escapa. Manuel era el hombre de confianza del abuelo, pues solo en él fiaba sus encargos y sabía que se cumplirían a cabalidad; por eso le asignó «El Quiripuzpo», un terrenito en la parte alta del fundo, donde hizo su casa y la tiene hasta ahora. Ya les otorgué escritura de propiedad para que estén seguros.
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