Cuadernos trimestrales de poesía Tomo I

XLI EL POETA DE LOS CUADERNOS Parecía flotar. Esa es la primera imagen que tengo de él. Mi padre lo había llevado a un fundo que tenía en la sierra de Cajamarca porque era su primo y el más joven de los abogados de su estudio. Cuando llegó al primer pueblo cercano, me di cuenta de que Marco Antonio Corcuera, flacuchento, con un tic nervioso y enfundado dentro de un terno azul marino daba vueltas por la Plaza de Armas acompañado por un grupo de chicas muy guapas y parecía tener mucho éxito con ellas. Asombrado, le pregunté a mi padre la razón de aquello. - Tu tío es poeta, me respondió. Y desde entonces anhelé con todas las fuerzas, serlo yo también. Lamentablemente, no llegué a ser sino un empecinado narrador que da vueltas y vueltas en torno de la vida y de los seres humanos. Cuando ingresé a la Universidad Nacional de Trujillo, al lado de mis amigos del grupo “Trilce”, alterné con mi tío y con otros dos poetas asombrosos de su generación, Horacio Alva Herrera y Wilfredo Torres Ortega; y no me quedó duda de que para ser poeta era condición la flacura, el humor y la mayor elegancia. Esa imagen suya no ha dejado de aparecer en la poesía del Perú desde 1940 que obtuvo una Mención Honrosa en los juegos florales de la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, junto al contumacino Mario Florián, el celendino Julio Garrido Malaver y el cajamarquino Napoleón Tello Rodríguez. Comencé entonces a pensar que otro requisito para ser buen poeta era el haber nacido en la sierra del norte del Perú.

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