Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
CARTA UNDECIMA Créese generalmente,y no sin algún fundamento, que la mayor parte de las madres desean con ardor que sus hijos abracen la carrera edesiástica. En 1;¡_1 uchas nace · este deseo de la justa aspiración, del santo anhelo de ver asegurada la salvación etetna del sér idolatrado, imaginando que su caracter sacer– dotal basta para ponerlo a cubierto de todos los peli– gros que asedian al hombre en el mundo. En algunas otras procede del excesivo amor a la propia persona: de la 'egolatría. El amór maternal es el menos egoísta de todos los am01·es; esto lo reconocen todos, y las madres, · que lo sabemos mejor que nadie, nos enorgullecemos q,l procl~marlo. Pero todo afecto terrenal, aun el más / sublime, es imperfecto. El yo, el mezquino yo, domina de tal manera la naturaleza humana, que hasta en el alma de Ja mujer, pelifeccionada por ese inefable sentimiento que se llama amor a los hijos, se desliza el egoísmo. Hay diversos fenómenos psicológicos que comprueban ampliamente esta afir- mación. ' , Facil ~s notar, por ejemplo, que las suégras son mucho más afectuosas con sus yernos que con sus nueras, lo cual se explica perfectamente por el anta– , gonismo que, aun tratándose de sentimientos puros, elevados y legales, despierta el amor de un hombre 65-:- 9
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