Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

CARTA SEXTA ¿No te seduce, hijo mío, el trabajo del agricul– tor? ¡Qué hermoso es pedir directamente a la madre Tierra el sustento de cada día! No hay entre las fae– nas materiales otra tan bella y tan noble como la del labrador. Parece como q ne éste cumpliera 111ejor que ningún o,tFo hombre el mandato divino (fo ganar el pan cotidiano con el sudor de su frente. ¡Qué satisfacción tan · dulce debe de experimen– tar, cuando recoge el fruto que Ceres y Pomona le rinden generosamente, en premio de sus fatigas! En íntima comunión con la Naturaleza, el individuo que a las tareas del campo se dedica, goza como nadie de sus delidas. · ¡Qué alboradas tan magníficas; qué cielo de azul · tan puro e intenso, surcado por diáfanas nubeci– llas, al mediar el día, cielo en cuyo fondo se adi– vina la mansión de los bienaventurados; qué pues– tas de sol tan espléndidas; qué hermoso espectácu– lo el del arco iris, bellísimo símbolo de la reconcilia– ción del sér divino, con ·el sér humano; qué maravi– llosas noches estrelladas; qué inefable dulzura la que se apodera de todos sus sentidos, cuando la l u– na, como reina de los espacios, cruza el éter infini– to, derramando sobre la tierra su luz plateada, como si quisiera cubrirla toda ~on una inmortal caricia, - 39 -

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