Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
Cartas a mi hijo por el brillo del oro o arrastrado por una desurdena da ambición de poder y de mando o por cualquiera otra de las pasiones que suelen dominar al hombre, supiera yo que, olvidado de tus sanos principios, pre– varicabas, sacrificando a aquellos que a tu lealtad habían oonfiado cuanto de más caro poseían: sus esperanzas de fortuna y el nombre y el porvenir de sus inocentes hijos! . El mundo, que suele cerrl:!,r los ojos voluntaria– mente ante el brillo del fausto y de la opulencia, no te manifestaría quizás su desprecio mientras cori sonrisa insolente y ademán altanero hic ieses a lanle ante _él del premio de tu ignominia; per_o tar.oe o tem– prano suena la ho;-a de la expiación, las lágrimas y los clamores de los desdichados llegan por fin al Cielo en demanda de justicia, y ¡ay de aquel que se ha elevado por medios punibles, causando la desgra– cia de los demás! Llegado el momento de su vertigi– nosa c~~ída, no encontrará un pecho amigo en que depositar sus penas, ni un alma que le compadezca sinceramente, ni una voz que se alce en su favor, en medio del coro de maldiciones de sus enemigos! .... Ese no podrá refugiarse ni en su propia conciencia, santuario en que el hombre virtuoso se refugia, y donde no alcanzan a herirle ni el sarcasmo, ni el odio de los demás hombres, ·cuando al penetrar en él, siente que le sigue la mirada complacida y alentado- 1 del Juez Inmutable y Supremo; de Aquel para quien no hay antes ni después, y al que no podemos ocultar ni el más recóndito de ntiestros pensamien– tos! Y hay que tener en cuenta, mi amado Callos, que todo lo que dejo dicho, es en el supuesto de que tengas las raras dotes intelectuales que para distin– guirse en la jurisprudencia se necesitan, o siquiera esa penetración, esa malicia, especie de talento de baja ley o falsificado, que en ciertas gentes suple, con a1guria ventaja para ellos, al talento verdadero, a ese noble atributo del espíritu que no sirve para la intriga, y que suelen ser las armas con que triunfan los rábulas sobre los sabios jurisconsultos. - 31 -
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