Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
Cartas a mi hijo dos a permanecer en su humilde esfora, pero ~w~r– gonzá,ndose de su pobreza y protestando de eila co– mo de la mayor de las ignominias; sin decidirse a confesarla paladinamente ante ese mundo que con raras excepciones, escarnece a los ·deshereeados de la fortuna y se postra ante los opulentos, a quienes llama con expresión a la par lisonjera y envidiosa: los felices de la tierra. Tú, hij.o mío, S'3a cual fuere tu posición pecu– niaria, sé siempre digno y no dobles jamás-la rodilla ante el becerro de oro. Con ·1os ricos, pórtate como si fueras más rico que ellos, y con los pobres, como si lo fueran menos que tú; si no es que necesitas re- '– cordar la distancia que os s epara para socorrerlos. Has nacido pobre, rf.ti querido Carlos Adolfo, y seguramente seguirás siéndolo, mientras no puedas por tí mismo adquirir U:na fortuna, que casi siempre acude al llam3miento de todo hombre laborioso y honrado. Más temprano que otros, tendrás,pues, que comenzar a cumplir con el sagrado precepto del tra– bajo. Esta es una ley universal. Todas las criaturas de Dios, todos los seres de la creación, cada cual en la medida de nuestras fuerzas, y en la esfera de nuestras facultades, estamos obligados a acatarla, así para el propio bienestar como para propender al bienestar común y, ¡ay de aquel que intente sus– traerse a este sabio y supremo mandato! Pero nadie está más obligado, entre los seres conscientes e in– conscientes que pueblan el Universo, a obedecer en tal punto la Divina Voluntad que todo lo dirige y gobierna, que aquel a quien el mismo Dios dijo: - - "Ganarás el pan con el sudor de tu frente". Por lo demás, en América todos trabajan, y, por fortuna sólo existe como excepción, el zángano de la colmena, el señorito que vi ve de sus rentas y que en algunas naciones constituye una clase social. Resígnate, pues, hijo mío, a esa ley que, aunque a primera vista parece dura, tiene compensaciones muy dulces; y n.o la hagas servir de pretexto para l'b– cas y desaforadas ambiciones. No estriba la dicha en poseer cuantiosos caudales; así, no gastes todas las - 25 - 4
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