Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

L. Larriva de Llona ce y llega a su plenitud cuando alcanzamos a com– prender la fuerza de los lazos que ligan entre sí a las criaturas , humanas; süjeta~ todas igualmente y a nativitate, a las miamas leyes fatales e ineludibles. La vejez es egoísta porque a medida que ve más próximos a perderlqs los bienes terrenales se aferra a ellos con más fuerza. . . . · . Por lo demás, casi todos ios afectos humanos, aún los más nobles y generosos, tienen su origen en el egoísmo, o se hermanan con el ego1srno. Así, la compasión que nos inspiran la ancianidad y la decrepitud, la que sentimos a la vista de un mo– ribundo, nacen de que tenernos la certidumbre de que mañana, -en un mafiana más o menos próxfmo,- nos , agobiarán, también, la ancianidad y la decrepitud, .y nos hallaremos en el trance temeroso de la muerte en que al presente contemplamos a otro sér; y así, presentimos todo el horror de esa situación y nos compadecemos a nosotros mismos al compadecerle. El estado de decadencia que, natural e.irremedia– blemente, llega más pronto o más tarde para todo sér humano, es una especie de mágico espejo, en quepo– demos vernos en el futuro e inconscientemente rega– mos la semilla del consuelo, del cariño y del respeto, para recoger los frutos que otra posterior generación nos ofrecerá a su vez .... Con este ligero estudio sobre la abnegación, doy fin, queridas hjjas mías, a esta serie de artículos, pobres en el fondo e incorrectos en la forma, pero inspirados en el anhelo de contribuír, aunque sólo $ea con una in significan te piedrecilla, a la gran obra de la instrucción moral y religiosa de la mujer.

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