Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

XII LA PIEDAD He pasado revista; amadas hijás mías, a los vi– cios que, si no son exclusivamente peculiares de la mujer, son por lo menos, aquellos a que es más pro– pensa, ya en razón de su misma frágil naturaleza, ya por la sociedad en medio de la cual vi ve, y que a caer en ellos la incita; ya, en fin, por la deficiencia de la educación que recibe en el hogar y en la escuela. Pero en cambio de esos defectos, innatos o ad– quiridos, que he procurado analizar en los preceden– tes artículos, justo es reconocer que hay virtudes por las que descuella la mujer; virtudes que sin estarle negadas, precisamente, "a la otra mitad del género humano, como que son más propias de nuestro sexo, y que, susceptibles de desarrollarse por los buenos ejemplos, existen siempre en germen en el corazón femenino. Una de estas virtudes, inherentes a la mujer, es la piedad. Muchos hombres impíos encontraréis, hijitas mías, como que uno de los más graves males del ' · siglo es la impiedad; pero será muy raro que halléis una mujer irreligiosa. Así como ciert~ enfermeda– des físicas parecen tener predilección por una u otra edad, por uno u otro sexo, por una u otra clase social, esta enfermedad moral, si bien en cuanto a clases y -211-

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