Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
Psicología de la mujer la" emulación. Nada de sedas ni de terciopelos; tra– jecitos de algodón para to'das. Y nada tampoco, de grandes buffets. Unas galletitas, cuatro dulce– sitos y una taza de té o Ufa refresco. Y con estos consejos soberanamente cursl's creen ya haber pues– to una pica en Flandes, como suele decirse, las iniciadoras del proyecto. Pero yo pregunto: ¿Por qué obligar a tan cho- .cante uniformidad a ricas y pobres? ¿Por qué ha– cer sentar plaza de avaras a las que no lo son? En buena hora luzcan sedas y joyas las que pue– dan hacerlo. No tienen el derecho las pobres de obligarlas a vestir como ellas. Son las últimas las que no deben pretender igualarse a ·Jas primeras. Cada cual debe de presentarse en sociedad, confor– me a su rango y a la fortuna que posee. La que no pueda gastar sino en una tela de veinte cen– tavos metro, hágase de ella el vestido, supliendo con la----gracia. de la confección la riqueza que le falta; pero lo que en esa niña sería sencillez y mo– destia, rayaría en avaricia en la rica que tal hicie– ra. ¿Por qué se ha de satisfacer a las envidiosas pobres, haciendo que las que pueden gastar no lo hagan, y se vistan de manera tan humilde como . ellas? No parece sino que la cordura se hubiera ale– jado del mundo, al ver que hay esposa que se gas– .ta todo el sueldo de su marido en un sombrero o en un ahrigo, teniendo que entramparse ensegui– da durante todo el mes, para atender a las necesi– dades inaplazables de su familia. ¿Y qué , decir del misterio que encierran innu– merables hogares, en los que el jefe de ellos gana cien soles mensuales, o ciento cincuenta, y no pier– den fiesta social las niñas, ni función de teatro sona– da, y asisten a todas partes, vestidas y alhaj?'das Go– mo las mejores? ¡Qué mµJ queda el honor, o por lo menos, la delicadeza de las tales, ante las gentes que gus– tan de e~cudriñar esos problemas! "No sabemos ser pobres". Esta frase que leí -161- 2I . .
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