Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
Psicologia de la mujer que de ambas cosas carece, puede unir su suerte a la de una mujer casquivana? No negaré, sin embargo, que algunas niñas, frí· volas y coquetas durante los primeros años de su ju– ventud,cambian espontáneamente y por completo, de modo de ser, apenas obtienen el título de esposas y de - madres. Es que vencen, tal cual vez, los bueno.:; ins– tintos, cuando ellos predominan en el sér a quien úni· camente malearon una viciosa educación y unos per– versos ejemplos. Pero casos semejantes son sólo excepciones que confirman la regla; y lo natural es temer que, la joven acostumbrada a devaneos y varia· bles amoríos de soltera, no se conforme con la severi• dad de costumbres - que el matrimonio debe impo– nerle. Ahora bien: si en una mujer so]tera es indecoro– sa la coquetería que traspasa ciertos límites, en una casada es uno de los vicios más repugnantes;y la que lo tiene, lleva en sí propia la pena, porque pierde irre– misiblemente el amor de su marido, el respeto de sus hijos y aun la estimación de los mismos que solicitan sus favores, para echárselos en cara en un breve plazo; e incurre en el desprecio de la sociedad en que vive, si en esa sociedad no se há perdido por completo toda noción de moralidad y de respeto a sí propia! Aqemás, hijas mías, todos, hombres y mujeres tenemos dentro de nosotros mismos otro juez, seve– ro, leal e incorruptible, y cuyo fallo inapelable nos vemos obligados a acatar; j ue·z que no tr.ansige con nadie, y cuya voz resonante atormenta sin cesar ) nuestros oídos, por más que tratemos de cerrarlos para no escuchar su atronador clamoreo. Es~ Juez es nuestra propia conciencia. · ¿Cómo lograrán las mujeres casadas que se per– miten criminales coqueterías, ahogar ese grito e im– pedir que las atormente en medio de sus culpables locuras? I
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