Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

I I LA V ANIDAD ... ¿Por cuáles empezaremos? ¿Por las virtudes 0 por los vicios? A.unque es tarea menos grata la de anatematizar éstos que la de ensalzar aquéllas, _de– bo darle la preferencia a los vicios pues son las en– fermedades del alma, y a los enfermos no puede des– cuidárseles, 80 pena de que el mal se agrave y se ha– ga incurable. ¿Y de cuál de los defectos {emeninos os hablaré primero? Pues de aquel cuyo nombre acuda antes a mi mente. ¿La vanidad? Pues sea la vanidad. · No parece ser éste de los peores a su simple enunciación: sin embargo, ya veremos que de él se derivan otros muchos que llegan a ser más graves que aquel de que nacieron; tal ~sí como una leve enfer– medad no curada a tiempo, engeridra otras que lle– gan a ser mortales. El germen de la vanidad, como el de todas las buenas cualidades y todos los defectos de la huma– nidad, nace con el individuo; pero la educación Pl:le– de borrar, o por lo menos, modificar esa fatal tenden– cia. Desgraciadamente el mal entendido a.mor mater– no, la debilidad de los parientes y amigos, la baja adulación de los inferiores, alimentan aquella devo– radora pasión en el alma impresionable de la niña; -137- IS • \1

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