Cartas a mi hijo : psicología de la mujer
• I L. Lar·riva de Llona No seré yo, hijas mías, la excepción de la regla, y héteine aquí dispuesta a contribuir_ con· el humil– de acervo-de mis observaciones, a formar el gran li– bro en que han d~ escribirse las leyes que rijan el porvenir de la mujer; de!ª mujer tal como me. ima– gino yo que la concibió y la creó el .Sér Supremo; de ·· esa criatm~a intermedia entre el ángel y el hombre, cuando no tuerce su destino en el mundo; porque en este casó, trocada por completo sti misión, podríamos llamarla con justicia, un. sér intei-medio entre el hombre y el demonio. Entre estos dos tipos, bello el _uno, como el sue– ño de la perfección, monstruoso el otro, como la for– ma· del pecado, está el sér real, con tqdas sus quali– dades y ·sus de~ectos: el sér humano, al que ~sas cualidades y esos defectos son inherentes; la mitad com_plementatia del hombre, que participa de sus as– piracioiaes y de sus pasiones participa; que levanta los ojos al azul purísimo del Cielo y hunde los pies en el fango infecto de la tierra. . . . . . Esta es la mu– jer que todos conocemos, la que todos amamos - porque no se ama ·solamente lo perfecto;- esta es 1~ hija, la esposa, la madre de nuestro amigo; esta es nuestra propia amiga, nuestra· heqnana, nuestra hi– ja, nuestra madie; la mujer con quien tropezamos _a cada paso; el sér que, si no ·es perfecto, es susceptible de meioramiento; y a esto, a su n:iejoramiento: de– bemos aspirar · todos propendiendo con nuestros e~– fue_rzos, y cada cual en la medida de sus-facultad~, - a una obra que significa el mejoramiento d_e la hu– manidad entera. En el mundo de las ideas, la más pobre, la más -132- , \
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