Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

.. L. Larriva de Llona No sólo son suicidas, hijo mío, los que arman su mano de un revólver y se destrozan el cráneo, o los que envenenan con un tósigo sus entrañas; lo son también aquellos que perseveran en la senda de los vicios, a ,sabiendas de que en . ella arriesgan inmi– nentemente su existencia! .... · Preciso es que sepas, además, que cualquiera hombre, aunque haya nacido dota,,do de los mejores instintos, pue<Je cometer, impulsado por alguna de las malas pasiones que, muy pálidamente, por cier– to, te he descrito, el más horrendo crimen en un mo– mento daq.o; puesto que ellos trastornan lo~ senti– dos, tergiversan las nociones de moral, y convierten, en fin, al ser privilegiado del universo, ar rey de la ·· creación, hecho a imagen y semejanza del Divino Hacedor, en un ente sin :i,:azón, sin voluntad y sin conciencia! .... . Así, ¡qué poca distancia media entre un-vicioso y un criminal! No siempre es un mal vad0 el vicioso; pero con q ué frecuencia se cambia en delincue¡ite! Y la ley de herencia, esa ley de herencia de ~~e te he hablarlo en mis ejemplos anteriores, no es me– nos segura en el libertino que en el jugador y en el ebrio 'Consuetudinario. Sobre los hijos del libertino · pesa la misma maldición que sobre los hijos del 'al– cohólico; criaturas engendradas, tal vez, en los mo– mentos de esa locura voluntaria, de ese extravío mo– ral e intetectual, a que por su iwopio querer se so– meten esos desgraciados, los más desgraciados del mundo. Que de esos hijos del azar y ·del vicio se llenan las cárceles y- los lugares de perdición, cosa es ya muy repetida por los sociólogos y criminalistas. ¿Y habrá dolor·que pueda -compararse al dolor de saber- .' se culpable de la desgracia eterna de un hijo? .... · Concluyo por hoy, Carlos Adolfo mío; encare– ciéndote que detengas tu pensami6nto en los puntos que he tratado -en esta y mis dos preceden tes· cartas; puntos tan dolorosos como trascendental0s para tu futura felicidad . •

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