Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

, • CARTA DECIMA NOVENA Te he afirm;;,ido ya, que no han menes€er los au– tores dramáticos, ni los novelistas, esforzar su ingenio para crear situaciones dramáticas con qué despertar el interés de los lectores o espectadores, pues básta– les c<;>n elegir a cualquiera de las personas que vi ven y se mueven a su alrededor y copiar su historia, o uno de los tantos epis odios de ella, para encontrar asun– tos y situaciones inte resant.es. Y, con efecto, cada existencia humana es, no solamente una novela, si- /. no un conjunto de novelas, a cual más extraordina– ri~i novelas ·en las que se alternan los cuadros cómi– cos y los trágicos; pero predominando siempre los úl– timos, pues la ley que rige nuestros _destinos es ley de dolor y la alegría es en ellos sólo un-aücidente. Nó, repito, jamás .podrá la ·fantasía más fecunda y · exaltada in ventar situaciones ni idear escenas - tan hondamente patéticas como las que a cada paso sur– gen y se desarrollan en el múltiple escenario de la ' ,vida real. Prueba de esta afirmación son los casos que te he referido ~n mis pre.cedentes cartas; y muchos otros semejan tes podría citarte, que acuden en trop·e1 a mi memoria, de infortunios tremendos producidos por los vicios; pero no entra en mis propósitos,· el amon– tonar ejemplos. Demasiado pronto serás espect&dor obligado en el teatro del mundo. -115- . ,

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