Cartas a mi hijo : psicología de la mujer

CARTA DECIMA OCTAVA. , No fué un suceso. privado, como el que te he re– ferido en mi carta anterior, sino un acontecimiento que, aunque sólo afectó, como aqtfel, a una familia, se hizo del dominio público, i·evistiend0 mucho más graves proporciones po12el escándalo que suscitó, el que hoy quiero narrarte; y el que de seguro, no han olvidado aún en Lima mis contemporán'3os. D. biego Fernátndez, - lo llamaremos así, para no estampar aquí su verdadero nombre, despertan– do penas adormecidas,- era un sujeto que gozaba, así por sus riquezas, como por los entroncamientos de su familia, de una encumbrada posición social en la capital de la república. · · Sabfase sin- embargo, y los maldicientes no se mordían la lengua para repetirlo, - que sus antece– den tes personales no eran tan limpios ni honorabJes como lo habrían exigido las tradic iqnes de su fami- , lia. Hijo de padres nobles .por su · r8.za y por sus he– chos, degeneró lastimosamente de éllos, y, entregado desde muy joven a todos los- vicios, fué por largo tiempo el escándalo de la sociedad y el tormento de los infelices ancianos_que le habían d!l,dO el sér, y los que- al fin sucumbieron, al peso de lo_s disgustos que el mal hijo les proporcionaba, sin haber logrado si– quiera el consuelo de ver arrepentido al empederni– do mozo. -109- ..

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