Boletín de la Biblioteca Nacional N° 9
75 Como manuscritos americanos anotemos: el "Diario de la segunda par:" tida de la Demarcación de Límites entre los Dominios de España y Portu~ 9al en la América Meridional" por D. Diego de Albear y Ponce, Capitán de Fragata de la Real Armada y Comisario de Límites, por Su Majestad Ca~ tólica. El Diario principia en diciembre de 1783 para terminar con suscrip~ ción en Madrid en diciembre de 1792. Lo acompañan 7 planos. La Doctri~ na cristiana en Abipón, en manuscrito de principios del siglo XVIII, o el "Vocabulario y doctrina cristiana en lengua abipona" de la misma época. Las "Domínicas y Sermonario en Guaraní" que lleva la fecha 1695, y las "Verdades eternas explicadas en lecciones... y traducidas al guaraní" por el religioso jesuíta Luis Ovando en 1751; cartas de San Martín, de Tomás Guido, y tantas otras que sería ocioso enumerar más largamente en este ar~ tículo periodístico. En cuanto a libros antiguos, debemos ante todo recalcar cual es la po~ sición de la Biblioteca Nacional frente a ellos. En el primer número del Boletín de la Biblioteca Nacional se dijo que "aspira a tener los fondos si- guientes: a) las obras peruanas sea que sean escritas por peruanos, sea por extranjeros sobre el Perú. b) una representación adecuada de la cultura americana en todos sus aspectos; c) una selección cuidadosa de los ele- mentos esenciales del pensamiento antiguo y moderno, incluyendo por cier~ to las expresiones representativas de 10 que el hombre del siglo XX conoce acerca del mundo y de la vida, o sea toda la parte científica y técnica de nuestra civilización moderna". Pero además tenemos un Museo Bibliográfico que deben reunir incuna~ bIes. primeros impresos peruanos y americanos, ediciones príncipes de li~ bros famosos, obras raras y de alto valor bibliográfico, y otros valiosos por su procedencia y anotaciones. En ese Museo Bibliográfico, necesario en una Biblioteca que no es ni puramente pública, ni puramente erudita, como la nuestra, debemos recibir pues únicamente aquellos libros de real valor bi~ bliográfico y no todos los libros antiguos que se nos presenten con la razón que son del siglo XVI o XVII. Entre nuestros incunables, todavía muy pocos: 11, anotemos algunos especialmente interesantes bibliográficamente, por ejemplo el "Speculum humanae vitae" de Roderico Sancho de Arévalo obispo de Zamora, en edi~ ción muy rara, (no mencionada por Brunet ni por Palau entre otros) que es el primer impreso en la ciudad de Estrasburgo, en 1475 por el primer impre~ sor establecido allí: Martinus Flach o Simus, natural de Basilea y recibido burgués en Estrasburgo en 1472. O bien la leyenda aurea "De vitis sanc~ torum" por Giácomo di Voragine, Venecia, 1480 en ejemplar perfectamen~ te conservado que perteneció a la biblioteca del famoso bibliófilo del siglo XIX, conde de Boutourim. y que ostenta en su primera página una inicial miniada de colores maravillosamente frescos, y todas las demás letras ma~ yúsculas con adornos rojos o azules pintados a mano. O también el "Sup- plementum summae" del Ausmo Venecia, 1481, que conserva aún su primi- tiva encuadernación en cuero de cerdo estampado del s. XV, uno de cuyos impresores fué Andrés Torresano. suegro y más tarde asociado de Manuzio Aldo y alumno de Nicolás Jenson cuyo taller compró en 1479. O sino la primera edición de la traducción castellana de las Vidas de Plutarco, por Alonso de Palencia. Sevilla, 19,11, O el "Astrolabium ... " de Johannes Angelus, preciosísimo ejemplar lleno de grabados astrológicos muy curiosos. impreso por Emerico de Spira en Venecia 1494, pero a costa
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