Boletín de la Biblioteca Nacional N° 57 58
5 tuación estratégica dio lugar al desarrollo del comercio en el que jugaron papc 1 importante los arrieros de Tucumán. En Andahua, las habilidades pastoril y textil fueron reconocidas desde la Con- quista. Es por eso que Cieza (1945: 212) lamenta la destrucción que sus compatrio- tas hicieron de población y ganado aborigen en la zona de los Condesuyos. Dos síglos más tarde, esta habilidad fue aprovechada por los obrajeros españoles que vendían los tejidos en Lima (Barriga: 1941. El obvio resultado fue una aceleración en la caída demográfica, hacia 1628, la población de Andahua registrada por Vaz- quez de Espinosa (1948: 656) fue de 2,164 indígenas. Hacia 1790 en una visita orde- nada por el intendente Alvarez y Jiménez, apenas si se encuentran 1,606 (Barriga 1941: 60). Desgraciadamente, el documento que comentamos no ofrece cifras para continuar una secuencia significativa. Lo interesante en la visita de Alvarez es que el centro de intercambio comercial ahora se ha movido a La Paz, Cuzco y Oruro, lo que corresponde al desarrollo de la economía colonial. Esta misma movilidad comercial pudo haber influido para que los tejedores Chichas fueran capaces de manejar tan variado número de lenguas. El caso resulta común en la banda orien- tal del continente y probablemente era ya una de las habilidades de los Chichas en su lugar de origen ya que limitaban con gente de la selva cuyas lenguas debieron ser diferentes a la suya. Para el siglo XIX debió ser general la caza indiscriminada de la vicuña, en la respuesta 10, Clemente Almonte nos habla de trampas para cazarlas. Al revés, las llamas son parte del ganado doméstico y en la misma pregunta se describe, some- ramente, los remanentes de un complicado ritual en el que se sacrificaba una llama o un novillo que parece empezar a reemplazarla, al menos ceremonialmente. Pero, fuera por cacería o domesticación, el interés estaba centrado en el provecho que se podía obtener del trabajo de hilado y tejido de la lana de los auquénidos. Esto nos lleva a otro importante acápite en la economía de los Chichas: los tintes. Des- tacan especialmente colores blanco, negro, rojo, verde, amarillo, azul y morado; una excelente descripción de los vestidos usados por los indios de Andahua la po- demos hallar en la respuesta 36 del documento que publicamos. La respuesta 35 merecerá un comentario algo más extenso, de acuerdo a la do- cumentación con que ahora contamos. Dice Almonte refiriéndose a sus fieles, que "sus vidas ( ... ) parecen bastante cristianas, conforme a sus escasos talentos". No era la única persona con tal opinión, ya en 1663, Juan de Almoguera, obispo de Arequipa había escrito al Rey que "No hay dentro ele este obispado, ni en sus confines indios idólatras que reducir ... " (A. G. I. Audiencia ele Lima, 309), aunque más adelante hacía la salvedad que tenía noticia " ... que en unas quebradas hay algunos pocos retirados". (Ibídem) En vista de lo cual .se dispuso una misión de padres jesuitas para combatir a tales idólatras. Curiosamente, el mismo Almonte se desmiente a lo largo del documento des- cnbiendo costumbres indígenas a las que no adjudica valor religioso (Véase las respuestas 10 y 21). Con mucho más realismo Pedro de Villagómes y Vivanco es- cribió al Rey en 1638 como tuvo que derribar más de tres mil santuarios indígenas en la visita al obispado ele Arequipa (A. G. I. Audiencia de Lima, 309). Esto no hace sino confirmar la presencia ele "idolatrías", es decir formas religiosas nacidas como expresión de rebeldía contra la presión ideológica española. Prueba de ello es que en la Instrucción (Duviols 1967: 21) que Cristóbal de Albornoz dejara para los futuros "extirpadores", el dios Sulimana o Sorimana aparece como una "Paca- risca" (deidad creadora local) de mucho arraigo entre la población aborígen. En 1671, Sorimana vuelve a hacerse presente en los pueblos de San Francisco de Chichas y Salamanca a través de un proceso contra los hechiceros del lugar, cinco testigos lo declaran como su dios creador formando parte de un nutrido panteón local (Duviols 1966: 203-211). En este último documento se puede apreciar
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