Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56

55 Su promesa de Pisco: "No he venido a conquistar, sino a libertar, a tratar con hermanos, y no con enemigos", está cumplida. Sabe que las ambiciones de los hombres podrían aprovechar de su presencia, ante la presencia de Bolívar y suscitar divisiones y partidarismo. Se aparta para siempre de toda vida pública. Todavía parece escucharse su voz en el día inaugural de este Instituto. Aquí deja sus libros. Los libros que le acompañaran desde Madrid a Bailén, desde Bai– lén a Maipú, desde Chacabuco a Huaura. De esos libros con historia, donde bebió, conforme a su inteligencia formada en la ascética española, tierra de santos y héroes, su filosofía del sentido común, donde aprendió a desdeñar ideologías y a amar la verdad. Nuevo renunciamiento a una vida cuajada de renunciamientos. Permanente lección que cimenta nuestra historia indt:pendiente y que guarda correspondencia con el ~er que heredamos de nuestros mayores. No es casual que eligiera el título de Protector. Hombre de autoridad, sabía que quien gobierna es el autor del orden social. San Martín, celoso de la libertad que ambicionó para América, señaló más bien que su cargo lo asumía en defensa de los intereses generales. Pero no lo arredró ni titubeó ejercer con el máximo de rigor la autoridad que poseía. Todo en San Martín es coherente. En Pisco señaló que se veía por la suerte del país, necesitado a asumir el mando absoluto. En la proclama de agosto de 1821, recordó la necesidad de afianzar "La seguridad y prosperidad futura de la región", por lo que es necesario que continúen reunidos en él "el mando político y el militar'. Lo hace guiado por "ningunas miras de ambición sino la conveniencia pública"; señala sus deseos de tranquilidad y retiro, pero también "la responsabi– lidad moral que exige el sacrificio de mis más ardientes votos"; primero "es ase– gurar la independencia; después se pensará en establecer la libertad sólidamente"; "comprometo mi palabra" "ofreciendo solemnemente a los pueblos del Perú que en el momento en que sea libre su territorio haré dimisión del mando para hacer lugar al gobierno que ellos tengan a bien elegir". Una diputación concurrió a ofrecerle el gobierno del Perú. San Martín con son– risa enigmática, seria aunque benevolente, les recordó que no tenían que ofrecerle lo que ya tenía por imperio de la necesidad y que conservaría si lo juzgase conveniente al bien público, evitando convocatorias intempestivas a congresos y juntas que no harían sino embarazar la expedición de los negocios públicos con vanas discusiones, retardando el triunfo de la independencia que era antes de todo. Por eso este acto es de homenaje y justicia; de homenaje al Libertador, y de justicia al pueblo que con ese retrato quiso rendirle un homenaje en el centro de aquella actividad que él vio más directamente vinculada a la vida de los pueblos. Pero sobre todo es un acto de filial reverencia para quien nos dio libertad y que además nos dio con su ejemplo, del que habrá par pero no superior, las pautas del ser americano, del modo de vivir permanente en el cual, y sólo en el cual, encontraremos las condiciones necesarias para la vida virtuosa, la única que me– rece ser vivida en nuestra condición racional. Carlos José Caballero

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