Boletín de la Biblioteca Nacional N° 55-56

14 inmaculadas de papel y me es tan sabroso charlar contigo, ya que no de otro modo, siquiera por su intermedio. Aprecias bien la extrema dificultad que me ofrecía la necesi– dad de encajar en dos páginas, medida fatal, la vida de cada uno de mis per– sonajes, y puedo asegurarte que ha sido para mi un verdadero lecho de Procus– to la redacción de esos libros, y que si hubiera previsto esa dificultad quizás no la hubiera emprendido. Yo no sabía lo que era escribir con cartabón y ase– gúrote que me desesperaba cuando, después de haber llenado el de mi manus– crito, venía el cajista a decirme:- "Señor, a García le sobran dos líneas y a Mon– terrey le faltan tres"; y el modo como juzgas que la he vencido satisfáceme in– finito. En la manera de apreciar la administración colonial, a los encargados de ejercerla y la obra de los prelados de América, no podemos estar conformes, tú, ático del tiempo de Pericles, romano del de Cicerón, casi pagano por tu culto por lo bello en todas, EN TODAS (1) sus manifestaciones y formas; yo, español del tiempo de Felipe n, católico del de Torquemada, al que deja frío el Partenón y se complace en El Escorial, que ve con indiferencia la Venus de Milo y se ex– tasía ante las esculturas medioevales de las catedrales de Burgos y de Toledo; tú, amante del progreso humano en todas sus manifestaciones, así filosóficas como políticas y así industriales como científicas; yo, que si pudiera dar un pun– tapié a la humanidad y hacerla recular tres siglos no lo excusaría, que prefiero los galeones a los vapores, los carromatos a los ferrocarriles, los candiles a la luz eléctrica y un sillón de baqueta al más mullido sillón de los inventados por la moderna industria. Además, un ciudadano de Chile no puede considerar la dominación española de la misma manera que un peruano, que un limeño, diré mejor. Lo que fue su país durante los 300 años que duró aquella y lo que es hoy, después de 80 de independencia, hace que el uno la recuerde con disgusto, cuando menos, y el otro como se recuerda en la desgracia el bien perdido. Alé– grense y regocíjense Uds. el 18 de Setiembre: hacen bien, muy bien. ¿Por qué nos alegraríamos nosotros el 28 de Julio? ¿Cómo puedo recordar sin amor esos que tu llamas ACIAGOS (1) tiempos, que son precisamente los de la grandeza de Lima? Repúdienlos si quieren los modernos españoles, que yo, limeño, no puedo menos que "elogiar sin reservas y con ánimo ligero y cariñoso" esos tiem– pos, los más sombríos y siniestros de España, que coincidieron con los más prós· peros de Lima. Mientras en ,el Real Alcázar de Madrid, al decir de una embaja– triz de Francia, sentían hambre las damas de honor, las calles de Lima se embalo dosaban de barras de plata para recibir al representante de ese Rey necesitado; y mientras España no tenía un solo hombre de gobierno, nos enviaba estadistas del fuste del Duque de la Palata y del Conde de la Monclova. Pero basta. Júzgame viejo y triste, aunque menos viejo pero más triste que tú; de lo primero decidirá el documento que te incluyo, lo segundo es natu– ral. Fuera de mi hogar, ¿qué no aumenta para mí la tristeza inherente a la ve· jez? ¡Todo a mi alrededor se viene abajo, hasta los templos en que se elevaron las inconscientes preces de mi infancia, en los que busqué el consuelo de mis do– lores de hombre y dábanme bajo sus bóvedas paz a mi ancianidad! Adiós. Mis amistosos recuerdos a Luz, a tus ya señoras hi– jas y a mi querido "perillán". Todo tuyo. J.A. DE LAVALLE. (l) Subrayado en el original.

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