Boletín de la Biblioteca Nacional N° 41-42
Flores para una Estatua* Por JORGE BASADRE Cada vez que se conmemora el aniversario de la batalla de Tarapacá, una corona de flores aparece en la estatua de Ramón Castilla que se yergue en la plazuela de la Merced. Es homenaje espontáneo tributado por la sociedad de ta– rnpaqueños. Castilla murió doce años antes de la batalla mencionada y su vincu– lación con el aniversario se reduce, por lo tanto a una razón de paisanaje. Pero, con todo, el 27 de noviembre marca la única oportunidad en que hay flores en medio de los corrillos de gentes dudosas que suelen juntarse en aquella plazuela. Se trata, por cierto, de un homenaje institucional y particular. El Perú oficial no se acuerda ningún día del año de Ramón Castilla. No pasa lo mismo con la memoria colectiva. Castilla es, de todos los polí– ticos peruanos del pasado, aquel de quien más anécdotas se cuentan. En este país donde no hay una obra clásica del genio popular como "Martín Fierro" en la Argentina, los dichos de Castilla forman algo así como un romancero en prosa como una dispersa obra de quien jamás sospechó ser autor. Lo importante es que el folk-lore nacional ha acogido al personaje cariñosamente. Otros nombres han sido olvidados, o pertenecen a seres extraños, inaccesibles u opacos ante los ojm del vulgo, como si pertenecieran a otros planetas. Castilla aparece como algo fa– miliar, es el "taita" de todos y es además un peruano intransferible e inexpor– table, quintaesenciado y magnífico. Hasta los retratos y caricaturas que de é: quedan, otorgan a su figura seca y desgarbada un aire de paisaje local, algo as' como una agradable y sabrosa fealdad de algorrobo. Y, sin embargo, pese a 12 familiaridad con que el folk-lore lo trata. Castilla se diseña a través de innume" rables anécdotas como un sujeto único y predestinado, teniendo "ojos de ver" como dirían las viejas para las miserias de los hombres y para las acechanzm del porvenir. La viveza criolla se sutiliza y alquitara en el anecdotario de Castilla. sin perder accesibilidad y sencillez, gracias al vehículo rápido de su humorismo. Pero Castilla no es peruano únicamente por su aspecto físico, el espíritu criollo y la extraordinaria resonancia de su personalidad en el "folk-lore" nacio– nal. Es peruano, sobre todo, por el significado de su vida pública y por su men– saje de estadista. Aún en su biografía de militar subalterno cabe hallar episodios o actitudes cuya explicación oculta está en el concepto del Perú como un todo, en una visión de patria estricta que podría recibir esta fórmula : "Nada menos que el Perú, nada más que el Perú". Contra el cisma de adentro, combate. Y frente a la amenaza de afuera, tiene la intuición de un bloque continental, por– que ése es el interés del Perú. Cuando el dinero de la reina María Cristina ha encendido las calderas de los barcos que van a traer a más de mil quinientos aventureros españoles e irlan– deses al mando del general ecuatoriano Flores para establecer una monarquía en el Ecuador, mientras Lord Palmerston cierra puritanamente los ojos, es Castilla el animador de la resistencia continental que inmoviliza a la expedición. Propi– ciador del primer Congreso Americano de Lima, auspicia en su segundo gobierno la firma de dos tratados más de unión americana. Envía al bergantín "Gamarra"
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