Boletín de la Biblioteca Nacional N° 30
12 La luz que da de ese nublado oscuro a mi fe tu fineza ... Seña de suspensión, sombra de canto ... Aguarda, en consecuencia, a Jos estudiosos un bello trabajo de rigor cien– tífico para apreciar con justeza la significación del poema. Lo que sí podemos fácilmente determinar es que Peralta no era gongorista sino en todo caso con– ceptista y que estaba dentro de la estética del "buen gusto", es decir plenamente establecido en el siglo XVIII. No era gongorista en lo interior ni en lo exterior. No lo era en lo interior porque no eludía el mundo para crear otro de exquisit:l selección, puramente poético, en que no había nada de verdad y en que tanto las grandes ideas -el amor y la guerra- valían igual que una flor o una gota de rocío, para aquella temática de la fuga, señorialmente melancólica por su mismo vacío. Peralta por el contrario, se precipita sobre la realidad de su patria ante cuyo torbellino naciente parece conmoverse : Hierve la obra, entre nobles materiales, al pico se estremecen las canteras ... Mitos, hombres, paisajes, cruzan apenas sublimados. No es gongorista tam– poco en lo exterior. Su estilo carece de aquel sobrecargo latinizante que había hecho inextricable el estilo de Góngora especialmente por el hipérbaton, traspo– sición violenta que disloca los componentes de la frase; por la metáfora en sus dos niveles, el vulgar y el extraordinario; y por la elipsis que eliminando palabras de la oración, deja a esta reducida a unas pocas esencias verbales; todo lo cual extrae la poesía del público en general y la reduce, por su dificultad para com– prenderla, aunque no por su obscuridad, a un público "culto", lo que hace a este arte "culterano". No sucede semejante cosa en Peralta. No hay exacerbación for– mal en su estrofa. Esta, se desenvuelve casi siempre ordenada, con metáforas es– cogidas pero sin abuso de ellas, entera en sus recursos léxicos, en general con una morfología alisada y natural. Tomemos al azar una octava que puede ser de tér– mino medio en el poema : En su horizonte el sol todo es aurora, eterna el tiempo todo es primavera; solo es risa del cielo cada hora; cada mes solo es cuenta de la esfera : son cada viento un hálito de Flora; cada arroyo una musa lisonjera; y los vergeles, que al confín le debe, nubes fragantes con que el cielo llueve. Apreciada la gentileza de este elogio al ambiente geográfico de Lima, no encontramos nada culterano y podría ser una estrofa escrita hoy, salvo el segun– do endecasílabo. Allí el adjetivo eterna de la primavera, está audazmente dislo– cado. Pero el tributo al gongorismo fue universal, en aspectos parciales, y de ello no se libraron ni los antigongoristas Lope y Quevedo. De rato en rato, Peralta cae bajo el peso de la inmortal escuela. Dámaso Alonso ha demostrado que ese peso ocasional llega aún increíblemente hasta Leandro Fernández de Moratín 0760-1828). El vocabulario y la línea musical de la frase si son gongoristas; pero uno y otra constituyen adquisiciones que el gongorismo hizo para la poesía espa– ñola y que continuaron vigentes hasta nuestra época. Puede clasificársele, más bién, dentro de la otra vertiente de lo barroco : el conceptismo. Tiene de esta modalidad la pasión por las ideas abstractas y universales. Los pequeños, mo-
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