Boletín de la Biblioteca Nacional N° 28
78 cuando me sentí preparado me propuse hacerme maestro de. mi mismo y comencé a estudiar e ilustrarme directamente en la naturaleza y en los elementos de ella deambulando por Costa y Sierra y por la HILEA, sin que me arredrasen los peli– gros de sus abruptos pasos, la falta de caminos de entonces, las investigaciones en islas e islotes del océano; y para descubrir sus encantos desde· las alturas me reunía con un audaz amigo poseedor de una pequeña avioneta. Pude así ver mu– chas cosas, pero no llegué a penetrar en la región del Madre de Dios, a la que de– bía partir del Cuzco, con mi hija para hacerle conocer los nuevos encantos de nuestro incomprensible Perú; pero antojósele a no sé qué ministro enviar a un emisario, quién se apoderó de mi billete, obligándome con ello a regresar a Lima y no ver jamás el paraíso endemoniado que tanto anhelé visitar. Resolví entonces dedicarme a conocer a los grandes gigantes : los Andes, con su Huascarán, las aguas, con el Amazonas y las de la Costa con el Santa. El lago Titicaca, cuna de los Incas y de sus predecesores, etc., y todo esto hizo nacer en mí la violenta necesidad de escribir y editar libros, enseñar a jóvenes y viejos sin gravamen al– guno y con sólo el relato de cuanto yo veía en una y otra parte. ¡Por qué se produjo en mí este violento cambio, y para siempre? Tal vez me asaltaría el impacto de algún lejano espíritu. Acaso el poder de un eminente anciano me impulsaba adelante para servir a la Patria; cosa que podía ser cier– ta, pues Hipólito Unanue decía y escribía en sus obras : "Tal es la suerte, tal la condición del Perú, hipérbole en otro tiempo de la felicidad y la opulencia". Y agregaba: "Consumidos sus moradores solo presentan túmulos de ruinas, heredades desiertas, minas derrumbadas" ¿Dónde están aquellos pueblos de tan numeroso vecindario que sostenían su libertad oponiendo huestes que equilibraban todo el poder de los Incas. Dónde la multitud de ciudades y villas en las que los héroes españoles quisieron perpetuar su nombre y sus proezas? Parece que al ruido de las cadenas de despotismo y la tiranía, que arrasaban el hambre del oro, huyeron los naturales a las cavernas de las selvas inhabitables; y desam– paradas las provincias quedaron yermas, sacrificadas a la voracidad del tiempo". Ahora quiero hablar de los viejos documentos, cofres del pasado, valores que no deben utilizarse para fines de lucro, como tantas y tantas veces nos ha ocurrido, sino para entregarlos a la Patria, que los guarda en sus archivos y los franquea gratuitamente a los estudiosos que se empeñan en discifrar su con– tenido y en desentrañar, tal vez hasta lograrlo, la resurección del pasado nacio– nal, ya sea de los tiempos coloniales o ya del Incario y hasta las letras grabadas en cuevas llenas de misteriosos secretos que algún día se descubrirán, como lo anunciara el Licenciado Montesinos, y no se equivocó. No tendrán suerte igual los vastísimos artículos que en el primer cuarto de este siglo generosamente se impri– mían en diarios y gacetas, lOJ cual no es dable en estos tiempos en los que todo es costoso y apremiante. Y por todo esto me parecía estar recibiendo ondas hu– manas que me arrastraban a abandonar mis intereses y mi bufete de abogado, y siento con pesar que ya no podré, por causa de mis años, concurrir asiduamente a esta Biblioteca que el Libertador San Martín enriqueciera, para la que el insigne tradicionista Ricardo Palma recogiera libros de puerta en puerta como un men– digo, y que hoy conduce con tanta contracción y acierto el Dr. Carlos Cueto Fer– nandini, a cuya generosa ayuda tanto debo. Ya antes entregué las joyas literarias y pictóricas de mi fraternal amigo José María Eguren, poeta nuestro hasta hoy inigualado, riquísimo en nuevas crea– ciones y fantasías, y cúpome el honor de recibir en sus últimos días de manos de
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