Boletín de la Biblioteca Nacional N° 28
72 La Asociación Peruana de Bibliotecarios, aunque modestamente, ya puede mostrar algunas realidades como el Primer Seminario Peruano de Bibliotecología realizado en Lima del día 18 al 23 de Agosto de 1958, cuyas experiencias servirán de base para las Jornadas Bibliotecológicas Nacionales. Anhelo hondamente sentido por nosotros es el de reunirnos en este magno certamen que nos permitirá enfocar en toda su amplitud los múltiples problemas, la necesidad cada vez más evidente de las especializaciones y al confrontar nuestras experiencias, en un diálogo abierto y fructífero, encontrarles una feliz solución. Constituye para mí un altísimo honor la oportunidad que se me brinda de rendir, a nombre de la Asociación Peruana de Bibliotecarios, nuestro homenaje de admiración y gratitud a la Escuela Nacional de Bibliotecarios, a los maestros de la época heroica que nos han permitido ser los abanderados, por medio del libro, -el más eficaz de los instrumentos- de la más bella de las causas, cual es, la difusión de la cultura que trae consigo el desterramiento de la miseria y el triunfo de la libertad humana y de la justicia social Graciela Sánchez Cerro. José Ortega y Gasset, en el Congreso Bibliotecario realizado en Madrid, en 1935, en su célebre discurso expresó "Que para determinar la misión del bibliote·– cario, hay que partir no del hombre que la ejerce, de sus gustos, curiosidades o conveniencias, ni tampoco de un ideal abstracto que pretendiera definir lo que es una biblioteca, sino de la necesidad social que sirve la profesión". En este concepto, el filósofo y el maestro, ha señalado magistralmente la razón de ser del bibliotecario y su esencia. Existe, porque existe una necesidad so– cial. Una necesidad social que en sus innumerables facetas, le demanda la entrega absoluta, particularmente en este siglo de megatónica producción intelectual-edi– torial. Ortega, en esa misma oportunidad, comentando tal millonaria producción, juzgaba que la abundancia de libros en Europa había creado un conflicto al hom– bre, al punto de no poder leer todos los libros indispensables a su saber, por dos limitaciones poderosas: la una era el factor tiempo, la otra su capacidad de asi– milación. Sin embargo, él encontraba solución al problema en la labor del biblio– tecario, que tradujo en su bien conocido enunciado "Tendrá el bibliotecario que dirigir al lector por la selva selvaggia de los libros, y ser el médico, el higienista de sus lecturas. En esta dimensión de su oficio será como un filtro que se inter– pone entre el torrente de los libros y el hombre". En realidad, estableció la di– mensión universal del quehacer bibliotecario. Empero, en nuestra dimensión nacional, en 1963, ¿Cuál es la misión del bi– bliotecario peruano? La respuesta es obvia. Es una misión paradójica. El biblio– tecario peruano no filtra un torrente de libros. Hace milagros para conseguir unos pocos libros destinados a sus lectores cada vez más numerosos. En el reconoci– miento no hay amargura. Nuestra profesión es muy joven, aun no ha alcanza– do la mayoría de edad para exhibir grandes realizaciones, pero en la perspectiva del camino recorrido acusa ya algunos resultados positivos de una fructífera se– milla. La semilla fructífera del alto idealismo que nuestros preclaros maestros nos inculcaron en esta Escuela que hoy luce sus jóvenes veinte años. Es su idealismo que está operando y que a diario transmitimos en las aulas bibliotecarias. Es el idealismo de una profesión pionera. consciente de la tremenda necesidad social
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