Boletín de la Biblioteca Nacional N° 27
4 descollantes de las tradicionales familias arraigadas en la capital del Virreinato, entre ellas la de los Vargas Carvajal, con la que seguramente debió de ligarle al– gún remoto parentesco (I>). La mencionada tía, viuda del General Hernán Carrillo de Córdoba (de quien algo dejé dicho en mi estudio acerca de El arte dramático en Lima durante el Virreinato), por sucesivas disposiciones notariales, designó y ratificó a Carvajal y Robles como heredero, sucesor en el vínculo y mayorazgo y patrono de la cape– llanía fundados por ella y su marido ( 6). Entre otros rasgos de desprendimiento, doña Leonor hizo asimismo donación al afortunado sobrino de todos los bienes y de los derechos y acciones que le correspondían a ella sobre los de su difunto consorte por razón de la dote convenida en 1581, y finalmente, le cedió un lugar en el enterramiento de que era propietaria en el presbiterio de la iglesia de San Francisco. Para tJroceder a estas muestras de generosidad, invocaba doña Leonor que el beneficiario era su sobrino «Y para ayuda que se pueda tratar conforme la calidad de su persona y por muchos y buenos serbizios que me ha fecho,, (7). De todas formas, Carvajal y Robles no había perdido sus vinculaciones con Arequipa, como lo acredita su intervención, el 3 de Abril de 1628, en la transferencia de pro– piedad de un inmueble sito en esa localidad (B). Con muy buen acuerdo, López Estrada hace preceder la reedición del texto depurado del Poema con una sobria introducción. En ella traza de modo esque– mático el ambiente espiritual y estético, de clara influencia andaluza, en que se engendró en Lima esta pieza literaria: arquitectura de Martínez de Arrona, pin– tura de Juan Ortiz de Vargas y de Angelino Medoro, escultura de Pedro de No– guera y de Martín Alonso de Mesa, gongorismo incipiente. Queda aquí apuntada una sugestiva hipótesis de trabajo sobre corrientes y modelos que sería de veras interesante rastrear en todo su alcance. Dentro de este clima espiritual encaja López Estrada las expresiones de la épica culta coetánea, deduciendo de ello la valoración del Poema, cuyos méritos supo ya calibrar Menéndez Pelayo. Esboza luego la etopeya de Carvajal y Robles y unos sucintos trazos biográficos, para entrar de lleno en la exposición del ex– tenso poema heroico. Termina esta porción del prólogo con una nota de índole bibliográfica sobre los originales utilizados en la edición, criterio diplomático se– guido en ella y prevenciones para la cabal inteligencia del texto, y como corola– rio, un bosquejo o resumen general del argumento de la obra de Carvajal y Robles. Es asunto del Poema la toma de Antequera, en 1410, por el Infante Don Fer– nando. La reconquista cristiana de la soñadora ciudad andaluza, patria de Car– vajal y Robles, lugar donde nace la locución "salga el sol por Antequera", situada en una deliciosa vega donde se alza la famosa Peña de los Enamorados y tierra donde se elaboran unos alfajores que rivalizan con los de Medina Sidonia, brinda el cañamazo para el despliegue de la imaginación poética de nuestro personaje. Mas, obediente éste a los usos del género de que se valía, recurre a uno de los procedimientos tan habituales como socorridos en obras análogas, es a saber, la alusión mediante artes adivinatorias de algún personaje mitológico, a sucesos muy posteriores. Este artificio, que permite aunque venga o no a colación, interpolar un catálogo de personajes, ingenios o amigos caros al autor, empleado por Cer– vantes y Lope de Vega, y en escala más modesta y local por Oña y Miramontes y Zuazola, es explotado también por Carvajal y Robles para insertar una extensa referencia a la España de Felipe IV y elogiar a los principales políticos del régi– men, entre los cuales tiene cabida el Marqués de Guadalcázar, y en razón de investir éste a la sazón el cargo de Virrey del Perú, era obligado éolocar detrás
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