Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

1980, p. 273). La presencia infantil también fue documentada, aunque más tardíamente, para el caso de Nicaragua: según Gropp (1941, p. 522), en la Biblioteca Nacional de ese país casi la mitad de los lectores diarios eran niños: 25 de 58 personas. La experiencia de José Manuel Salazar Navarrete, diputado por el Partido Liberación Nacional entre 1974 y 1978, fue similar a la de Fallas, aunque unos diez años posterior: vecino de Barrio México —una comunidad de artesanos, obreros y pequeños comerciantes—, él y varios de sus amigos, en el decenio de 1930, se aficionaron a la lectura de un modo insaciable. No teníamos posibilidad de adquirir libros. Pero ahí cerca, en el centro de San José, estaba la magnífica Biblioteca Nacional. Fuimos sus asiduos visitantes, y en la sala que se encontraba situada a la derecha de la entrada principal con solo llenar una boleta eran sucesivamente puestos en nuestras manos, para que los leyéramos ahí mismo, los tomos de aventuras escritos por Emilio Salgari; los de Sandokan, El Tigre de la Malasia; y los de Bill Barnes, de Doc Savage, y de La Sombra… no faltaron las abundantes páginas de aventuras de Tarzán escritas por Edgar Rice Burroughs. También leímos ahí todos los libros de Julio Verne (Salazar Navarrete, 1997, p. 33). Las sociabilidades infantiles y juveniles que se configuraron en las salas de la Biblioteca Nacional fueron un desafío para sus empleados, quienes se quejaban a inicios del siglo XX de que «con frecuencia llegan […] jovencitos malcriados, que van allí á jugar, reír y hacer bulla, interrumpiendo a los lectores. A esos debería cargarlos recio la policía» (Anónimo, 1904). «El énfasis en la prevención, y no en la represión, distinguía la solución propuesta por un individuo que se consideraba perjudicado por la conducta, impropia según su opinión, de los menores de edad, razón por la cual aconsejaba a las autoridades que «a la Biblioteca [Nacional] no se dejara entrar niños de escuela primaria. Probar se puede que nada instructivo van á leer, pues solo piden novelas y revistas ilustradas. Además con sus puerilidades impiden la lectura y el estudio á las personas serias» (Anónimo, 1903). 96

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