El Salvador 17273549 2 2 2 2 Nicaragua 3 3 3 3551232 Costa Rica 12 19 3 3 1 1 35 88 T = títulos; V = volúmenes. Fuentes: Palacios, 1887; Biblioteca Nacional, 1882; Archivo Nacional de Costa Rica, Educación, Exp. 95, 1888, ff. 1-40. La limitada circulación de las obras centroamericanas era evidente aún a inicios del siglo XX en Honduras, cuya Biblioteca Nacional estaba compuesta por 4048 volúmenes en 1906, de los cuales únicamente 206 (5,1%) fueron impresos en el istmo (Biblioteca Nacional de Honduras, 1906; Babcock, 1927, pp. 1106-1108). La de Guatemala ofrecía un cuadro todavía más crítico, pues en 1927, según lo afirmado por su director, Rafael Arévalo Martínez, «no había en sus anaqueles sino tres libros de autores guatemaltecos» (1932, p. 3). Aunque cinco años después disponía ya de una valiosa colección de obras producidas en Centroamérica, el predominio correspondía aún a los textos provenientes de fuera de la región. El fenómeno expuesto se explica por el cosmopolitismo de las burguesías y de los intelectuales europeizados, pero también por el escaso atractivo mercantil de lo que se publicaba localmente, por lo cual no existía mucho interés de parte de las librerías en importar libros de los países vecinos y ofrecerlos al público. Las excepciones eran aquellos textos utilizados con propósitos escolares y que, por tanto, se vendían bien, y los que alcanzaron una dimensión continental, como los de Darío. El periódico costarricense El Heraldo publicó precisamente un aviso que aprovechaba la estadía del célebre poeta en San José, a inicios de la década de 1890, para indicar en relación con Azul: «el libro de moda. Se vende en la librería de Montero. Hay pocos ejemplares» (El Heraldo, 1891). El escritor centroamericano, sin embargo, rara vez veía sus obras clasificadas en la categoría «de moda»: aunque en periódicos y revistas se solía informar sobre la publicación de tal o cual título, la estrategia publicitaria de las librerías enfatizaba la promoción de los materiales importados, especialmente los europeos. La orientación de las bibliotecas no era muy diferente: en sus estantes, la cultura universal, identificada con la de Europa, aventajaba ampliamente a la nacional. El grueso de los materiales impresos en el istmo a partir de 1821 brillaba por su ausencia en colecciones de volúmenes dominados por idiomas foráneos. El porcentaje de libros en español era, como se aprecia 90
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