Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

Costa Rica 1888 1902 Ministerio de Educación 4 Fuentes: Solano Murillo, 1995, pp. 95-104; Arteaga, 1995, pp. 195-236; Castillo López, 1995, 293-303; Maldonado, 1995, 309-321; Coloma González, 1995, pp. 367-377. La inestabilidad política de la época explica el elevado número de directores que tuvieron las instituciones analizadas, un fenómeno del que, de nuevo, se exceptuó Costa Rica, país en el que se conformó, ya a finales del siglo XIX, un sistema nacional de bibliotecas que integraba los establecimientos públicos de provincia y los fondos bibliográficos de escuelas y colegios (Pérez, 2012, pp. 253-283). La profesionalización de los servicios prestados, sin embargo, fue limitada por la falta de personal debidamente preparado, una característica común en toda Centroamérica. El joven investigador estadounidense Dana Gardner Munro dejó un testimonio de lo que fue, alrededor de 1914, su experiencia de lectura en suelo costarricense: La biblioteca está ubicada en un pequeño edificio, con lugar para unos veinte lectores. Raramente había más de uno o dos, además de mí, pero había cinco o seis empleados que gastaban su tiempo fumando cigarrillos y escupiendo sobre el piso y hablando entre sí en voz alta. También había muchas pulgas. La biblioteca estaba abierta de doce a cuatro y en la noche, pero las horas de la tarde eran siempre interrumpidas durante unos pocos minutos al inicio y al cierre, y en la noche era muy difícil leer (Gardner Munro, 1983, p. 5; la traducción es mía). La primera biblioteca nacional que oficialmente se fundó en Centroamérica fue la de El Salvador, creada el 5 de julio de 1870, aunque fue inaugurada oficialmente en 1888; en tal ocasión se manifestó que su objetivo principal era constituirse en un «centro de instrucción popular» para contribuir a la regeneración del país y al desarrollo intelectual de la nación (Arteaga, 1995, pp. 195-197). El poeta nicaragüense Juan Felipe Toruño (Toruño, 1957, p. 151; Escamilla Saavedra, 1971-1972, pp. 9-21) indicó que para montar el establecimiento el Estado compró la colección particular del cardenal Lambruschini, exbibliotecario del Vaticano, compuesta por unos 6000 volúmenes, la cual —valorada en 16 768 pesos — pertenecía entonces al general mexicano Federico Larraínzar (Arteaga, 2000, p. 2). Pese al extraordinario valor de este acervo, fue solo en 1930 que se propuso construir un edificio propio y específico para albergar la institución (López Vallecillos, 1987, pp. 255-256). 86

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