y controlar a las masas. El peronismo no hizo más que ahondar en este capítulo tan importante para el credo liberal. Lo hizo, además, sin avasallar la libre iniciativa de estas instituciones y sin intentar imponer desde las mismas un determinado set de valores, ni siquiera de lecturas apropiadas. La Biblioteca Nacional continuó proyectándose, en gran medida por los esfuerzos de su director, como un recinto para las élites intelectuales. Esta visión fue resistida en el día a día por un numeroso grupo de escolares que la utilizaron para realizar tareas menos grandilocuentes que las imaginadas por su director. El hecho de que el peronismo no haya cambiado a quienes estaban al frente de estas dependencias es sintomático de la continuidad. Los apoyos desiguales se ajustan pero también niegan aquello que distingue al peronismo en otros ámbitos y que igualmente ha sido señalado por la crítica como lo distintivo de la política cultural: el esfuerzo en pos de la democratización246. El recorrido de este trabajo, a la vez que muestra la concentración de esfuerzos en una institución más acorde al objetivo de democratizar la cultura —la biblioteca popular—, nos advierte sobre los estrechos límites de este proceso. En este caso vemos que la democratización se detiene en aquel espacio donde un miembro de la élite alza su voz de alarma. La política más democrática con respecto al acceso al libro no llega al punto de apoyar una reforma de la Biblioteca Nacional, lo que revela las limitaciones del proyecto: la Biblioteca Nacional fue aquello que pudo y quiso hacer su director, alguien que no escondía sus aprehensiones elitistas. La crítica especializada destaca como distintivo del peronismo el compromiso con un uso desjerarquizado —al menos en términos simbólicos— del espacio público urbano. Según Anahí Ballent, a través de una serie de operaciones como la organización de espectáculos en las calles, el peronismo «tendía a reafirmar el mito del 17 de octubre: la irrupción de las masas en [el centro de] la ciudad, que significaba a la vez su irrupción en la política» (Ballent, 2005, p. 51). Paradójicamente, lo observado para el caso de las bibliotecas pone en cuestión la vocación democratizadora: la Biblioteca Nacional no podía adaptarse para usufructo de las masas, a estas era mejor reservar las bibliotecas barriales. No hubo, por lo tanto, en torno al objetivo de la democratización, una política cultural unificada sino esfuerzos a veces convergentes pero otras veces contradictorios. Una serie de notas en la revista Mundo Peronista advierten que las limitaciones del proyecto no eran ajenas a otros ámbitos del espacio público, como era por ejemplo la política en torno a los monumentos, la cual también debía ser coordinada 316
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