Bibliotecas y cultura letrada en américa latina

construcción de nuevas capacidades estatales y a la incorporación de instrumentos de intervención que, según la crítica, fueron fruto de un consenso sobre la legitimidad de la planificación estatal (Berrotarán, 2003; Elena, 2005). ¿Tuvo el peronismo una política cultural distintiva que significó una ruptura con respecto a lo anterior? ¿Cómo se plasmó la política cultural? ¿Cuál fue la política del peronismo en torno a la lectura y las bibliotecas? El ejercicio que propongo aquí es examinar microscópicamente el interior de dos dependencias estatales de la burocracia cultural en tiempos donde se ensaya una reforma del Estado de gran envergadura —al menos en términos retóricos— y donde se asiste a cambios políticos y sociales de proporciones inusitadas en la historia argentina. Las dependencias escogidas —la Biblioteca Nacional y la Comisión Nacional de Bibliotecas Populares (CONABIP)— son agencias sobre cuyo protagonismo podemos sospechar: se ocupan de cuestiones menos inmediatas como pueden ser, por ejemplo, la política económica y social. Estas instituciones, sin embargo, son potencialmente muy visibles —pensemos en el efecto de propaganda que implica la construcción de un nuevo edificio para la Biblioteca Nacional— y, además, son claves a la hora de diseñar una política en torno a la cultura letrada. Claramente, una mirada centrada en la suerte de estos dos tipos de bibliotecas —la Nacional y las populares— no nos permite agotar el tema de la política del peronismo en torno a la cultura letrada. No obstante, el acento puesto aquí sobre la suerte de las bibliotecas constituye una vía de entrada al análisis de la cultura desde un objeto que es social e histórico pero a la vez físico, y que ha sido escasamente abordado en la historiografía argentina. La biblioteca es una institución versátil. Es, como anota Thomas Augst (2001), «finalmente aquello que hace» (p. 6). Las bibliotecas no solo facilitan la difusión de objetos culturales y el almacenamiento de información, sino que institucionalizan ideales de cultura a través de sus políticas de acceso, adquisición y circulación (p. 17). El énfasis dado en este trabajo al día a día de estas instituciones desviándose deliberadamente de las retóricas estatales nos permite apreciar cómo se materializaron —o no— los enunciados respecto a la política cultural del peronismo y cómo estos fueron recibidos y reprocesados por los burócratas encargados de ponerlos en práctica. El recorrido microscópico propuesto aquí también permite observar ciertos aspectos de la dinámica interna del Estado peronista, para así matizar las interpretaciones que subrayan sus 298

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