el despliegue de las prácticas bibliófilas o los modos de leer y de extraer información de Mitre, sino también la recepción, discusión y adaptación de ideas teóricas. Entre ellas se destacan la noción de ideología lingüística introducida en el estudio de las lenguas americanas por Peter Du Ponceau, el rechazo a la idea de la existencia de una literatura indígena americana, preconizada por el norteamericano Daniel G. Brinton, y la temprana recepción de las ideas de Herbert Spencer aplicadas a la evolución de las sociedades indígenas del continente. Por último, los dos casos analizados aquí abren una serie de interrogantes de carácter más general relacionados con la historia de las bibliotecas y las prácticas bibliográficas en la Argentina. Se observa un aspecto interesante, que merece profundizarse, referido a la localidad de las series bibliográficas como insumo para el trabajo erudito. El caso de la biblioteca de Lafone Quevedo muestra que, si se tenían los recursos pecuniarios y las redes de relaciones adecuadas, se podía contar con un acervo bibliográfico específico y actualizado aún en un rincón alejado del noroeste del país, con autonomía de las bibliotecas públicas y privadas localizadas en espacios centrales, como la ciudad de Buenos Aires. Más aún, en el caso de este estudioso algunas de sus redes de aprovisionamiento de libros y manuscritos no pasaban por la ciudad porteña, sino que atravesaban Copiapó, Tarija, Lima o Asunción. Por otro lado, estas bibliotecas particulares de los miembros de la élite —como muchas otras de la época— funcionaron en el ámbito privado o doméstico y se constituyeron en un espacio de sociabilidad erudita: un lugar de encuentro, intercambio de ideas, libros y manuscritos, e incluso de producción conjunta, prácticas que estaban regidas por vínculos de amistad. Sin duda, Mitre construyó su identidad como erudito americanista sobre la base del gran corpus formado en su Biblioteca Americana; incluso llegó a ser velado, como era su deseo, en el espacio de su biblioteca, con el féretro colocado sobre su escritorio de trabajo. En esa biblioteca se proveyeron de libros, manuscritos y catálogos con novedades bibliográficas Francisco P. Moreno, Lafone Quevedo, Juan Bautista Ambrosetti, Luis María Torres y Félix Faustino Outes, figuras de papel gravitante en los estudios y en las instituciones de la antropología y la arqueología en las primeras décadas del siglo XX. En el caso de estas ciencias, aunque prescindiendo ya de la función de sociabilidad, la importancia de las bibliotecas particulares asociadas a espacios domésticos de producción erudita parece haberse mantenido hasta bien avanzado el 259
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