colocaba una división estricta en el mundo de la ciencia: por un lado, las «ciencias de la memoria», de sensibilidad profundamente histórica, que se llevaban a cabo en las bibliotecas y archivos —las humanidades—; por otro, las ciencias de las leyes naturales, de perspectiva atemporal, desempeñadas en los laboratorios y observatorios (Daston, 2012). Es a partir del estudio de los procesos de formación y uso de los repositorios, las colecciones, el registro de observaciones y las formas de organización y manejo de la información y la elaboración de los datos, que distintas disciplinas como la geología, la paleontología, la arqueología, la astronomía, la lingüística y la antropología han comenzado a entenderse como tradicionalmente se consideró a la historia: esto es, como ciencias del archivo (Daston, 2017, pp. 1-14, 329-332). Así, el estudio de las prácticas de recolección, clasificación, preservación y difusión de la información y de los datos a partir de la cultura material —es decir, de las herramientas y tecnologías que brindan sus condiciones de posibilidad— permite establecer conexiones entre formas de trabajo que trascienden las divisiones disciplinares tradicionales144. En este contexto, sostenemos que las bibliotecas personales de los estudiosos pueden ser analizadas no como un conjunto estático de libros depositados en estantes que reflejan los intereses intelectuales y coleccionistas de sus propietarios, sino como espacios de producción erudita en sí mismos; esto es, entendidas en sentido amplio, con énfasis en la dinámica de las prácticas asociadas: como un espacio más cercano al archivo de trabajo y al estudio o gabinete. Allí, el objeto-libro convivía e interactuaba no solo con colecciones de otros objetos —mapas, vasijas, monetarios y documentos históricos—, sino también con un corpus formado por libretas de notas, cuadernos, listas, documentos, transcripciones, correspondencia, borradores y otros papeles resultantes de la actividad intelectual (Daston, 2004; Heesen, 2005; Grafton, 2006; Waquet, 2015). A fines del siglo XIX, recordemos, esta idea dinámica de las bibliotecas como talleres científicos y literarios basados en el modelo de los laboratorios había sido señalada por uno de sus más conspicuos organizadores y promotores, Melvil Dewey, como una de las funciones primordiales que aquellas debían cumplir, por sobre la función de recreación o solaz de los lectores o la de un mero repositorio para aquellas obras que merecían legarse a la posteridad145. En el campo de la historia de la ciencia se ha puesto en evidencia, entonces, el valor de las bibliotecas como espacios tan importantes como 240
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